De la cárcel al destierro

Nos encontramos en el invierno de 1919. Me visita una delegación de campesinas del vecino pueblo de El Arahal. Me informan de la situación económica y social en que vivían, y que deseaban constituirse en sociedad, a lo cual se oponían sistemáticamente las autoridades locales, presionadas por la patronal. Tenemos un largo cambio de impresiones, y termino redactándoles estatutos y Capítulo 2

demás documentación que les era necesario, según la Ley de Asociaciones por entonces existente, dirigida al gobernador civil de la provincia, documentación que fue seguidamente aprobada por encontrarse dentro de la estrictamente legal. Y aquellos obreros se reúnen en asamblea constitutiva, y se ponen en marcha, dando satisfacción a sus deseos de verse organizados.

El gesto de aquellos humildes campesinos no podía ser tolerado por los enemigos seculares de la clase trabajadora. Pues seguidamente fueron llamados al cuartel de la guardia civil todos los que habían sido elegidos para la junta directiva de la sociedad, y maltratados bárbaramente hasta hacerles brotar la sangre del cuerpo, en cuyo lamentable estado se personaron varios de ellos en mi residencia a altas horas de la madrugada, un día del mes de marzo de 1920, si la memoria no me es infiel; los atiendo y curo sus heridas, teniendo a uno de ellos durante un mes en mi domicilio, Antonio Gómez Montero. La desagradable impresión sufrida me impulsó seguidamente a redactar unas cuartillas con el título de “Bárbara represión en El Arahal”, que envié a España Nueva, periódico que publicaba en Madrid Rodrigo Soriano, que me valió un proceso por el supuesto delito de falsedad e injurias al ejército. El proceso fue incoado por uno de los juzgados militares, permanentes en la capital de España, a cargo de un coronel auditor de Guerra, ante el que presté declaración por exhorto, por medio del juzgado militar de mi residencia, el cual, al ratificarme yo en el contenido de la denuncia, me hizo ingresar en la cárcel, poniéndome a disposición del juzgado de Madrid.

Nos encontrábamos en los primeros días de agosto. En aquellos tiempos existían las conducciones de presos por carreteras y caminos vecinales, y las comandancias de la guardia civil tenían establecidas las fechas de las conducciones y lugares de las entrevistas de parejas, de distintos términos municipales. Los municipios tenían un bagajero con una bestia, para el traslado del preso que por enfermedad, etc., se veía impedido, para hacerlo con sus propios pies. Llega la hora de mi conducción ordinaria por carretera, como el más vulgar de los delincuentes, nada menos que desde la ciudad de Morón de la Frontera a la cárcel Modelo de Madrid, en la Moncloa, teniendo que andarme toda la provincia de Sevilla, Córdoba, Ciudad Real, Toledo y Madrid, entre parejas de la guardia civil, generalmente a caballo. Padecía de hernia inguinal aguda, y el aparato digestivo funcionaba mal, por lo cual me negué a marchar; entra en funciones el bagajero, y en las primeras horas de la mañana me sacan a la puerta de la cárcel, con extraordinarias precauciones, me hacen montar en un congénere de la bíblica burra de Balaán, me ponen las esposas en las piernas, y en marcha hacia El Arahal, conducido por los señores guardias.

Las parejas de la guardia civil de Puebla de Cazalla, Marchena, Paradas, Monte-Palacio, El Arahal y Morón de la Frontera celebran las entrevistas y se hacían entrega de presos en una hacienda al pie de la carretera, llamada “Orbaneja”, en el término de EL Arahal. La pareja de dicho pueblo no tuvo paciencia para esperar en el lugar de la entrevista la llegada a Morón con el preso, y a caballo sale al encuentro a regular distancia, deseosa de conocer y enfrentarse con el “peligroso sujeto” que la había denunciado. Y con gestos y lenguaje que la pluma se resiste a describir, se manifestaron y obraron a placer, terminando con las amenazas, entre otras, de que mi paso por El Arahal quedaría grabado en mi memoria, porque me harían brotar la sangre del cuerpo. Me dirijo a la pareja de Morón que me conducía, manifestándole que la hacía responsable de lo que allí estaba sucediendo.

La prisión de El Arahal consistía en un inmundo galeón, de muy reducidas dimensiones, completamente terrizo, con una pequeña ventana, que daba a un patinillo, en el fondo de la casa ayuntamiento, y del cual se desprendía un fétido olor. Acabando de ingresar, empezaron a llegar las primeras muestras de afecto de los obreros de dicha localidad, haciendo acto de presencia con el propósito de veme, y acompañando algo de comido. Pero no pudieron conseguirlo, pues la autoridad local me había incomunicado. El bagajero de Morón, a su regreso por la noche al pueblo, “con la mayor reserva”, refirió lo sucedido aquel día en la conducción, y a las pocas horas era un secreto que lo conocía todo el pueblo. Al día siguiente, familiares y amigos de Morón se personaron en la prisión y no les fue permitido el verme, Veinticuatro horas después recibo dos inesperados telegramas, que fueron como dos bombas para las autoridades locales. El primero de estos dos telegramas decía así: “Enterado situación. Tomo medidas. Envío giro telegráfico pesetas 500. Un abrazo. Vallina”. El segundo contaba como sigue: “Informado de todo. Confíe en la Justicia. Juez Militar”. Estos dos telegramas produjeron el natural revuelo y confusión entre las autoridades locales y, a la vez, un cambio radical en el ambiente hostil y enrareció que me rodeaba. Visitas a altas horas de la madrugada de las primeras autoridades, misterios, etc., todo lo cual me hacía pensar y preguntarme: ¿quién habrán creído estos señores que soy yo? Así pasaron nueve fechas. El Arahal celebraba su fiesta de la Magdalena. El bagajero en la puerta del ayuntamiento, a primeras horas de la mañana, con una burra tan negra como una golondrina. La guardia civil me pregunta si había pensado en fugarme, a lo que recuerdo contesté que se limitasen a cumplir con sus deberes, y no me preguntasen tonterías. Monto en el bagaje, y en marcha hacia Alcalá de Guadaira. A la salida de la población, y durante todo el trayecto, hasta la prisión de Alcalá, marchaban grupos de obreros de Morón, dispuestos, al parecer, a que o se repitiera el caso del primer día de conducción. Y he de confesar que este gesto de solidaridad de mis paisanos me hizo pasar el día más amargo de mi vida, sólo en pensar lo que podía suceder. Es de suponer que la pareja se dio perfecta cuenta de la situación. Y se limitó al cumplimiento estricto de su cometido. No llega a tiempo la pareja de Alcalá de Guadaira, por lo que la de El Arahal tuvo que conducirme hasta El Gandul. Tras breve descanso, la pareja de El Arahal regresa a su punto de partida, después de haber hecho entrega oficial del preso a la de Alcalá de Guadaira, la cual, sea dicho en honor de la verdad, estuvo correcta, afable y algo comunicativa.

Familiares y obreros moronenses habían llegado antes a Alcalá de Guadaira, y se encontraba estacionados a la puerta de cárcel, con la natural expectación por parte de los vecinos de dicho pueblo. Se presenta el carcelero, que se hace cargo del preso, y seguidamente hace entrar a los que esperaban a la puerta, para comunicar conmigo. Acto seguido, se presenta el médico forense, que también mi llegada, el cual, después de un breve cambio de palabras, comunica al carcelero que el preso no podía salir nuevamente, en conducción ordinaria por carretera, sin su autorización, porque mi estado de salud no lo permitía, lo que comunicaría a la comandancia del puesto de la guardia civil para que supiera a qué atenerse. Hay, en fin, un cambio radical en mi situación de recluso.

Me encuentro en unión de uso cuantos desgraciados golfillos, amigos de lo ajeno, detenidos por orden gubernativa, que se pasaban el tiempo en reyertas, o jugándose los céntimos del socorro que les pasaba el ayuntamiento, con el entretenido juego del piojo.

Consigo que a estos detenidos les sea aumentado el socorro, que les sean servidas comidas calientes, que se les proporcionara medios para sus aseos personales, y que se tuviera en cuenta, a pesar de sus muchos defectos, que eran seres humanos, víctimas de la propia sociedad en que vivíamos.

Tres días después, recibo la visita de mi madre, mi esposa, con el único hijo que teníamos en aquella fecha, de un año de edad. En la misma prisión, pernoctaron dos días con la familia del carcelero.

Transcurrieron los días en un ambiente de bonanza, sin otra preocupación por mi parte que las consecuencias de aquel injusto proceso, que me había privado de libertad y del trabajo que me permitiera hacer frente a las necesidades económicas de la numerosa familia que tenía a mi cargo. Yo había de salir en conducción por carretera, en una tercera etapa, desde Alcalá de Guadaira hasta Carmona. Llevaba aproximadamente un mes en la prisión de Alcalá, ignorando en absoluto lo que pudiera estarse gestionando para mi traslado a Madrid. Y una mañana, me hallaba sentado en el patio de la prisión, en unión del carcelero, leyendo El Liberal de Sevilla que me había traído, y comentábamos la noticia que publicaba dicho periódico, relacionada con la muerte, en atentado terrorista, del gobernador civil de Valencia, señor Salvatierra. El carcelero acude el cuerpo de guardia a una llamada de alguien que había llegado, quedándome solo, y a poco regresa precipitadamente, y me informa que una pareja de la guardia civil me esperaba para conducirme sin demora a Sevilla, a presencia del gobernador civil, en el primer tren que saliera para la capital, o en un coche, si el tren ya hubiese salido. Mas me informa que el jefe del puesto de la guardia civil se había negado en principio a cumplir esta orden del gobernador, mientras no le fuera transmitida por medio de su superior jerárquico, y que me sacaría en conducción ordinaria con la fecha y el itinerario previsto; cruzándose órdenes y telegramas entre el gobernador civil y el comandante del puesto, de todo lo cual la pareja le había informado al carcelero. Por los pelos pudimos coger el tren, y a la una de la tarde me encontraba en presencia del gobernador civil, el cual, después de haberme interrogado de lo que deseaba saber, me comunica que tendría que pasar u os días en la cárcel provincial de Sevilla, mientras se tramitaba mi traslado a Madrid, por ferrocarril y por cuenta del Estado.

Con el nombre de “El Pópulo” era conocida la prisión provincial de Sevilla, un vetusto e inmundo caserón en inminente ruina, refugio de millones de insectos de todas las especies, encargados de hacer la vida imposible a cuantos tenían la desgracia de ser huéspedes forzosos de la misma. Fue derruida en los años de la república, una vez construida la nueva prisión provincial, en las proximidades de la Cruz del Campo. En su lugar existe hoy el mercado de Entradores.

En el llamado patio chico de la prisión “EL Pópulo”, existía una brigada para los presos político-sociales, y, al fondo, un reducido calabozo, donde recluían a los que habían de cumplir los quince días de arresto gubernativo, como igualmente a los que ingresaban por otras causas, mientras no eran reconocidos por el médico de la prisión. Y en este departamento de los quincenarios se me da ingreso, en uno de los días del mes de agosto del año 1920, a las dos de la tarde, y bajo un calor asfixiante.

 

Los reclusos se hallaban rindiendo culto a la siesta. No me quedaba más alternativa que, o permanecer de pie, mientras pudiera resistirlo, o tirar la manta al mugriento suelo y sentarme o echarme sobre la misma; y opté por esto último. Poco tardé en ser atacado en tromba por un poderoso ejército de insectos rojos, entre los cuales no faltaba una buena cantidad de piojos. Se me ocurre la ingenuidad de hacer palmas y llamar al oficial de prisiones de servicio, que acudió malhumorado, por haberle perturbado la siesta.

  • ¿Qué quieres?- me pregunta.
  • Sólo manifestarle mi deseo de salir de este inmundo departamento sin demora, pues en caso contrario creo se me tendrá que hacer una transfusión de sangre – le dije.
  • A lo mejor creías tú que venías destinado al hotel Alfonso XIII. A la prisión se viene a sufrir y no a gozar. Mas, como no tienes nada que hacer, te entretienes en defenderte, como puedas, de los insectos que te ataquen, matándolos- me contestó.
  • Consideré inútil discutir con aquel insensible oficial de presiones, y cortésmente le pedí disculpas por las molestias que le hubiese producido.

Algunos de los presos sociales se habían dado cuenta de esta discusión, se habían asomado al patio y me habían reconocido. Súbitamente aparece en la puerta de galería o brigada el viejo militante de la CNT, Roque García, que llama al oficial de prisiones, y consigue del mismo que me saquen del departamento de los “quincenarios”, y me pasen con ellos, con lo que terminó la batalla de las chinches.

Roque García se encontraba detenido por supuestos intrusismo en la labor de magisterio, pues solía dedicarse a ir por los campos, dando lecciones de instrucción primaria a los hijos de los campesinos, sin haber sido autorizado para ello. Era frecuente ver ir hombres a la cárcel por dedicarse a enseñar al que no sabe y con más motivos, si estos hombres se hallaban fichados, como idealistas de izquierdas, y no se detenían a enseñar el catecismo de la religión cristiana, obedeciendo al propio deseo de los hombres del terruño, de que sus hijos aprendiesen a leer, escribir, y los cuatro reglas de la aritmética, lo que para ellos ocupó siempre un lugar preferente a todo lo demás en la enseñanza de sus hijos.

Los presos sociales estaban considerando la sugerencia, hecha por uno de ellos, de llevar a cabo una protesta por su detención, empleando el arma de la huelga del hambre, que por aquellos tiempos estaba de moda, y cuya eficacia no llegó nunca a convencerme, Expuse sobre esto mi punto de vista, y pude persuadirlos de desistieran de sus propósitos. Y quiero recordar que el propio Roque García participaba de mi opinión.

A los pocos días de encontrarme en “El Pópulo” me sacan en conducción par Madrid, llegado a dicha capital al día siguiente de mi partida. En la estación del Mediodía, invito a la pareja que conducía a coger un coche, y en poco tiempo me encontré e la Moncloa y recluido en la cárcel Modelo, ocupando la celda 54 del piso quinto. Efectivamente, aquella era una prisión modelo, en proporción a las que había visitado en Andalucía.

Dos días después, soy conducido en la prisión a presencia del juez militar que instruía mi expediente, un teniente coronel, el cual, al veme llegar, se levanta y me saluda con toda deferencia, como igualmente su secretario, que era un sargento. El juez me pregunta qué me había sucedido para tardar tanto en llegar a Madrid, que si había estado enfermo.

 

-Algo he habido de esto último, pero ello no es el motivo de mi tardanza en llegar a esta prisión. Es que me sacaron en conducción ordinaria por carreteras y caminos vecinales, hasta que por orden del gobernador civil de Sevilla, y después de unos días de reclusión en la cárcel provincial de aquella capital, soy conducido a ésta por el ferrocarril, en veinticuatro horas justas de viaje, De haberse llevado mi conducción como empezó, hubiera tardado unos cuatro meses en llegar a Madrid.

Tras una entrevista con el capitán general, se me concedió la libertad provisional. El proceso siguió su curso ordinario, y fui citado a comparecer en el juzgado militar de Madrid, que, si no recuerdo mal, tenía su sede en el número 3 de la glorieta de Bilbao. Pues el expediente aún no había pasado a plenaria, y se hallaba en poder del juez instructor.

Comparezco en la fecha que se me citaba, como igualmente mi abogado señor Matilla.

El juez me comunica: “Esto marcha para usted. Tenga la bondad de leer este documento”. Se trata de un informe de las autoridades de El Arahal, con las firmas de los campesinos a que yo hacía mención en el artículo denunciado de haber sido maltratados por la guardia civil, y todos habían negado los hechos ocurridos, por lo que yo sólo “injuriaba” al ejército, sino que también incurría en delito de “falsedad”. Así, pues, las víctimas por mí defendidas, que gozaban de libertad, se habían retractado de todo cuanto podía poner en evidencia y perjudicar a sus verdugos.

Manifesté al juez que algo anormal tenía que haber sucedido en la redacción de aquel informe, como coacciones, promesas, amenazas, etc., lo que pondría en claro tan pronto regresar a Andalucía, y que aquellos hombres no serían capaces de negar, en mi presencia, lo que personalmente me habían denunciado. Mas prometo volver en el plazo de un mes, o enviar por mi cuenta un informe, en concepto de descargo, con la firma en mi presencia de estos campesinos.

Vuelvo de nuevo para Andalucía, cargado de preocupaciones, propias de mi inexperiencia en estos trances, y de la situación de mi familia en la pobreza.

Días después de mi llegada, una tarde, después de mi jornada de trabajo, en vez de regresar a Marón, me dirijo a El Arahal, a tres leguas de distancia, a donde llegué bien entrada la noche, cansado del trabajo y del camino. Me dirijo a casa del obrero Antonio Gómez Montero, principal protagonista de aquel drama, al que yo había tenido un mes en mi domicilio. Le explico el objeto de mi presencia allí, y que sin demora reuniera a los demás interesados. Media hora después, me encontraba reunido con Antonio Gómez, su cuñado Francisco Caro, Francisco Rodríguez, y dos más, cuyos nombres ahora no recuerdo.

Fueron, para mí, momentos embarazosos, de contrariedad y de pesar, por cuanto sin otro remedio tenía que censurar a aquellos hombres por la debilidad que habían demostrado al firmar, ante los mismos elementos de las autoridades locales que los habían maltratado tan bárbara y cruelmente, unas declaraciones en las que negaban totalmente lo que en mi propio domicilio me habían denunciado.

Requerí a aquellos campesinos a que me contasen, sin temor alguno, la verdad de lo sucedido.

 

Antonio Gómez informó, en nombre propio y de todos los allí presentes en la forma siguiente:

-Hemos sido llamados separadamente, para la firma de este documento de que nos hablas, que ya tenían escrito. En esta ocasión, al presentarnos, se nos ha tratado con relativa y rara amabilidad, y de paso dijeron lamentar cuanto había sucedido. Nos manifestaron que el precio de tu libertad y la anulación del proceso consistía en la firma por nuestra parte de la declaración que no presentaba, a lo que ellos se comprometían formalmente si éramos razonables y firmábamos el documento, con lo cual tan lamentable incidente terminaría favorablemente para todos. Y la realidad es que hemos obrado de forma insensata al firmar un documento, cuyos alcances desconocíamos; y lo peor, por nuestra parte, sin consultarte para nada.

Hablé por mi parte en estos términos:

-Mis queridos amigos, es difícil poder admitir tanta ingenuidad por vuestra parte, Habéis olvidado que el lobo jamás suelta al cordero, cuando lo tiene preso entre sus garras, sin haber saciado en su víctima su feroz instinto; y habéis caído en la trampa que habilidosamente os han tendido. La única defensa que yo podía tener es la de poder demostrar la verdad de lo que vosotros me denunciasteis y, al ser negada por vuestra parte, toda defensa se me ha evaporado.

Después de un breve cambio de impresiones, terminamos redactando un documento, en el cual se ratificaban y daban por rigurosamente cierto cuanto yo había denunciado en el artículo, que había motivado mi proceso. Igualmente, se hacía constar en aquel documento que, si bien habían firmado, anteriormente otra declaración ante las autoridades del El Arahal, había sido en virtud de haberles asegurado que ello ero el precio que había de pagarse por mi libertad y anulación del proceso.

De madrugada parto de nuevo a mi lugar de trabajo, en el término de Morón. Cuarenta y ocho horas sin conocer el descanso…

Al día siguiente, remito a mi abogado, señor Matilla, el ya mencionado documento, que yo suponía elemento de defensa en mi favor.

Un mes después comparezco de nuevo al juzgado en Madrid, acompañado de mi abogado. El juez se siente algo molesto, comunicándonos que los firmantes de los dos informes contradictorios serían citados a comparecer ante el juzgado en mi presencia, como igualmente los elementos de las autoridades a que se hacía mención en el artículo denunciado, y que, posiblemente, las puertas de la cárcel se abrirían para aquellos que se comprobase habían mancillado la ley y la justicia, cualquiera que fuese su posición social, por cuanto las leyes en nuestro país, afortunadamente, son iguales para todos.

-Menos para los caciques de Andalucía- objeté-.Y perdone la franqueza. Es más, los campesinos firmantes de esos dos informes, que en uno niegan lo que afirman en el otro, víctimas de su esclavitud económica y de su ignorancia, comparecerán por grado o por fuerza, al lugar que se les cite, y se abrirán para ellos las puertas de la cárcel; pero dispénseme que ponga en duda que pueda su señoría conseguir lo mismo con esos señores de las autoridades. Podría citarle infinidad de ejemplo en favor de mi opinión. Aquí, por lo visto, hace falta un responsable, sobre el cual se descargue todo el peso de la ley, y ese responsable lo tiene usted presente, Retiro, si ello es posible, ese documento de descargo. Por mi parte, todo ha terminado…

 

Al día siguiente regreso a Andalucía. Y en la última quincena de abril, soy citado para comparecer al consejo de guerra, que había de tener lugar en la primera decena de mayo.

En Prisiones Militares, sita en la plaza de San Francisco, se reúne el tribunal militar una mañana del mes de mayo, y dicta sentencia con arreglo a la petición fiscal: dos años, cuatro meses y un día de presión correccional. Firmo la sentencia, y al día siguiente, parto para Andalucía, desorientado, y con la natural preocupación, no por el temor a tener que hacer vida de recluso, cumpliendo condena, sino por la numerosa familia a mi cargo, dependiente casi exclusivamente de mis ingresos como jornalero.

Al llegar a mi residencia, informo en privado a varios familiares del resultado del consejo de guerra, y aconsejo a todos la mayor discreción sobre esto, pues por mi parte había de tomar una resolución que representara un mal menor… y no creía conveniente dar publicidad a la condena que me había sido impuesta, que me parecía injusta, y no quería cumplir.

Mi reacción fue algo lenta, pero concluyente, desestimando la sentencia de aquel tribual, e imponiéndome a mí mismo una especie de destierro, por tiempo indefinido, con el pensamiento fijo en la América del Sur, de habla española.

Me proveo de los documentos que pude conseguir, que me fueron insuficientes, para poder embarcar, de forma regular, con rumbo a la Argentina.

Consigo matricularme en la marina mercante, pero pasan las semanas son conseguir plaza. No me queda otra alternativa que proporcionarme trabajo para poder subsistir.

Un día, cojo el aparejo de pesca, y en la baja de la marea, me introduzco en el mar, por la entrada que conduce al fuerte o prisión militar de Santa Catalina, en la parte sur de la capital gaditana. Creo había perdido la noción del tiempo, sentado sobre una roca, son haber conseguido pescar ni un camarón. Siento voces a mi espalda, vuelvo la cara, u era un hombre que me llamaba, señalándome el peligro que corría de continuar allí un minuto más, por cuanto quedaría envuelto por las aguas en la subida de la marea. Y si no hubiera sido por la oportuna intervención del aquel bienhechor, todos mis problemas pendientes habían quedado definitivamente resueltos…

Mientras se me presentaba la oportunidad de partir hacia lo que para mí representaba un mundo desconocido, concibo la idea de proceder a una reorganización de la Federación Regional de Grupos de Andalucía, y al nombramiento de nuevo Comité Regional. Que había estado a mi cargo, desde la fundación de dicha organización. Y me entrego de lleno a esta labor, empleando para ello la prensa y la correspondencia.

Me encuentro una noche en Chiclana de la Frontera, parado en la puerta de una taberna, y de un grupo de tres hombres, que había en medio de la calle, se desprende uno y me pregunta si deseo trabajar unos días en la corta de la uva, a lo que contesto afirmativamente. Salimos de madrugada para el trabajo, y cuando nos fue de día claro, reconozco entre el personal al compañero de Chiclana, Diego Rodríguez Barbosa. No nos dirigimos palabra hasta un momento en que nos encontrábamos solos en el trabajo. El viñedo era de su padre, y al verme por la noche en la puerta de la taberna y conocerme indicó a uno de los que le acompañaban que me dijese si deseaba trabajar… Terminada la vendimia con Barbosa, consigo trabajo en Obras Públicas, en la carretera de Isla de San Fernando a Puerta Real, y Chiclana de la Frontera a Medina Sidonia, durante el día, y de guarda de las herramientas del personal y máquina apisonadora durante la noche.

Pasé una larga temporada en continua meditación y en lucha conmigo mismo. A veces me preguntaba: ¿qué razón existía, por mi parte, para tantos quebraderos de cabeza?, ¿soy acaso algún profesional asalariado en el movimiento obrero español?, ¿tengo establecido algún contrato vitalicio con dicho movimiento?

Pasaron los días, las semanas… y tomaban fuerza en mi pensamiento la idea de abandonar España lo antes posible.

Un día, me encontraba en una venta en la carretera de Puerto Real a San Fernando, con el ingeniero de Obras Públicas, el contratista de las obras, el capataz de la carretera y un peón caminero. Habían tomado unas copas de vino. Y al partir, el peón caminero se introdujo en un departamento adjunto a la venta, en la que estaban preparando los productos de un cerdo que habían sacrificado; y una joven le dio un papel con chicharrones, diciéndole:

-Tome esto para Rosado.

El caminero, al darnos alcance, me dijo:

-Esto será para usted. Al dármelo una joven me dijo: “Tome esto para Rosado”. Le conocerá a usted.

– Posiblemente- le contesté.

Se trataba de una especie de mote, o apodo. En el pueblo de mis padres, a una parcela de tierra cubierta de montes le llamaban una “roza”. Y mi abuelo, como buen labriego y mejor trabajador, se dedicaba al desmonte de aquellas “rozas”, para convertirlas en tierras de cultivo, por lo que le pusieron el mote de “el tío Rosao”, mote que heredó mi padre de mi abuelo, y que he llegado yo a heredarlo. Eso es todo.

Estos hechos, y otros análogos, me daban a conocer que mi presencia por aquellas marismas era un secreto a voces, y que había que tomar una decisión definitiva, antes de que fuera demasiado tarde. Levanto el vuelo, y aterrizo una madrugada en mi domicilio, donde paso tres días sin salir de mi habitación. Y después de haber visto a todos mis familiares, salgo de noche diciendo que volvería pronto. Marché de nuevo a la marisma, y poco después, cojo un barco en Cádiz, y a las setenta y dos horas desembarco en Las Palmas de Gran Canaria. Acabando de desembarcar, localizo a un capataz de los trabajadores del sindicato marítimo en Puerto de la Luz, donde dejé mi reducido equipaje. Montenegro, que era el referido capataz, me lleva a un hotel de un madrileño, llamado don Vicente. En el hotel comía, y de noche dormía en el sindicato, con una manta, encima de unas tablas. Me presentaron a un compañero, patrón de un remolcador, llamado Lázaro Fuentes, y al maestro de la escuela existente en mismo sindicato. A todos comuniqué mis propósitos de partir cuanto antes para la Argentina y que, mientras no conseguía embarcar, me era imprescindible trabajar en lo que fuese, para poder hacer frente a mis necesidades, pues mi único medio de vida era el trabajo, y que por ningún concepto consentiría vivir a costa de los demás, a o ser por un caso de fuerza mayor. Promesas de proporcionarme trabajo no faltaron, pero en promesa quedó todo.

El joven maestro de la escuela llevaba un trabajo agotador. Tenía establecidos tres turnos, terminado el último a las doce de la noche, más la parte directiva y administrativa del sindicato y de El Productor, periódico semanal de la organización. Le dije que en lo que pudiera serle útil me tenía a su disposición los días que estuviese en la isla sin trabajo, especialmente por las noches. Y me ruega le pusiera en orden la documentación del sindicato y le ayudase en el periódico. Resultando que, sin pretenderlo, me veo de nuevo cogido en las redes del movimiento en que había venido militando. Una tarde me dirigía al hotel, y veo entrar en una barbería próxima a mi paisano el sargento, que me encontré en el puerto de Cádiz, acompañado de otro soldado. Él no me vio. Volví a pensar en que debía embarcar lo antes posible. Así se lo manifesté a Lázaro Fuentes.

Otro día tiene lugar un embarque de fuerzas para Marruecos, y el joven maestro escribió una crónica relacionada condicho embarque, que me la entregó para su publicación en El Productor. Leo dicha crónica y le advierto que caía dentro del Código de Justicia Militar, por lo que, al publicarse, corría el peligro de ir a la cárcel.

-Llévesela, y procure corregirla.

Me la trajo de nuevo, sin haberle corregido nada, ordenándome le metiese en el periódico.

-Bien… prepárese para la vida de recluso –le dije.

Y, efectivamente, la tirada del periódico fue recogida por las autoridades militares, y don José, el maestro, fue recluido en la cárcel de Las Palmas de Gran Canaria, donde le pasé varias visitas, en compañía de su padre. El detenido, como su padre, me ruegan hacerme cargo igualmente de la escuela, tanto por interés de los alumnos, todos hijos de afiliados al sindicato de marinos, como para ellos, por cuanto la escuela representaba en aquellos momentos el único medio de vida de la familia, a lo que, por razones de humanidad y de compañerismo, no pude negarme.

En El tribuno, de Las Palmas, órgano de los republicanos de Lerroux, me publicaron un trabajo relacionado con esta detención, que recuerdo titulaba, “Un periodista a la cárcel”, que firmaba con el seudónimo del “El Duende del Puerto de la Luz”. Con el mismo seudónimo había publicado algunos trabajos más en El Productor. Tengo confidencia que había personas interesadas en conocer la verdadera personalidad de “El Duende…”.Una noche llego al hotel, y don Vicente, el dueño, sonríe te, me invita a comer en su compañía. Durante la comida, solía mirarme sonriente, y me decido a preguntarle a qué se debía su actitud.

-A que he descubierto a “El Duende…”-me contesta.

Pasamos unos momentos de íntima y amena charla, y seguidamente me retiro al trabajo del último turno en la escuela, después de haber grabado el sello de una amistad sincera con don Vicente, que me informó ser madrileño, y de la escuela de Pablo Iglesias, y, por consiguiente, perteneciente al Partido Socialista español.

Al camarada Lázaro Fuentes le manifesté la imposibilidad de continuar en la isla en aquella situación, sin un céntimo para hacer frete a mis necesidades, y expuesto cada vez más a ser identificado en cualquier momento.

 

Al fin, una madrugada de los primeros días de enero de 1922, Lázaro Fuentes llama a las puertas del sindicato donde yo dormía. Me levanto sin demora y me comunica que no pierda tiempo en prepararme para la marcha, que un barco salía dentro de unos momentos para “abajo”; que haría escala en Buenos Aires, y era ocasión de marcharme, si realmente lo deseaba.

-No hay tiempo que perder, vengo de abordo y todo lo he preparado- me dijo.

Equipaje en mano, cierro la puerta y entrego la llave a mi compañero. En pocos minutos me encontraba en el hotel, comunicándole a don Vicente que en aquel momento partía para “abajo”, y que por favor no tardara en darme nota de mi cuenta.

Rápido puso sobre el mostrador una caja de cigarros puros, y nueve monedas de plata de a cinco pesetas, que era la cantidad que ya le tenía entregada en cuenta de mi comida, y me dice:

-Creo fue esta la cantidad que usted me estregó, y que yo le devuelvo. Mas, aunque usted no fuma, esta caja de cigarros puros le será útil en el viaje.

Me marcho con Lázaro al puerto, y en una motonave me lleva a Bahía donde se encontraba el Catalina, de la compañía Pinillo, un viejo armatoste, con el nombre de barco. Fue muy difícil subir a cubierta, por unas cuerdas formando escalerilla, a causa del fortísimo temporal de Levante que corría. Lázaro me presentó a un tripulante de dicho barco, con el que había convenido mi marcha, nos despedimos y se marcha a tierra. Mi protector me indica dónde había de ponerme hasta que él volviera de nuevo a verme, una vez que el barco se hubiese puesto en marcha. Le ofrezco unos cuantos cigarros puros que agradece y, por mi parte, se me ocurre encender uno. Momentos después, se me arrima un viajero, que había entrado de “polizón”, y se sienta a mi lado, al que le digo que debía buscar dónde esconderse. El temporal de Levante y el cigarro puro me pusieron tan borracho como si me hubiese bebido una cuba de vino; y en este estado se presenta de nuevo la policía, pidiéndome les mostrase mi pasaporte. Reaccioné rápido de forma enérgica, y les dije que era la tercera vez que me pedía el pasaporte, y que hicieran el favor de no volver a molestarme más. La burda estratagema resultó bien; se marcharon dejándome luchando con el horrible mareo que sufría.

Momentos después el Catalina leva anclas, y, en marcha Atlántico adelante, proa hacia la capital del Plata, y otros puertos de la América del Sur. El 8 de febrero de 1922 llegué a Buenos Aires, donde pasé dos largos años.