En la tarde del 5 de junio de 1924, el Reina Victoria Eugenia ponía proa de regreso. Río de la Plata adelante, con espesa niebla, que dificultaba la navegación.

En la mañana del 22 de junio llegamos a Santa Cruz de Tenerife. No puede tener la satisfacción de tocar, en mi viaje de regreso, en Las Palmas de Gran Canaria, y saludar a los buenos amigos que allí me dejé.

Amanece el siguiente día. Observo cómo la nave Reina Victoria Eugenia se desliza majestuosamente a través del Atlántico. A no menos velocidad marchaba mi pensamiento. Aquella carta de Madrid: “Tu arresto ha quedado sin efecto. Tu madre se encuentra muy enferma”. Esto último me atormentaba en extremo. El sol desaparece en el horizonte, y antes de oscurecer se divisan las costas de Cádiz, aunque remotas. Ya oscurecido, el Faro de Chipiona. Y a las diez de la noche del 23 de junio de 1924, el Reina Victoria Eugenia atraca en su dársena del puerto de Cádiz, y muchos pasajeros empezaban a desembarcar.

Son las once de la noche. Me encontraba sobre cubierta, junto a mi equipaje. No podía saber qué era lo que me pasaba. Me encontraba como inmovilizado por una fuerza extraña que me aprisionaba. Y así se pasaban los minutos, mirando al alumbrado del puerto, que se encontraba concurrido. Miro a mi derecha y veo a dos hombres que venían recorriendo el puerto, mirando fijamente a cubierta, como buscando a alguien. No les veía el rostro pero conocía aquellos dos cuerpos, aunque se vistiesen de máscaras. Se acercan, se quedan mirándome, y no me conocen.

-Tampoco es- manifiesta el más alto de ellos.

-Acérquese el maestro capillita más a la luz- les digo.

Entonces el más bajito abrazó a su compañero y le gritó:

-¡Si es tu hermano!

Cuando se serenaron, pregunté:

-Paco, ¿qué hay de la enfermedad de mamá, y cómo se encuentra?

-Mamá está detrás de esa barrera de agentes de orden público, con su hermana Ana, nuestra tía, que no la dejan pasar. Ya llevamos aquí tres días esperándote.

No sé cómo se operó aquella rápida transformación en mi debilitado organismo. En pocos minutos me encontré en la aduana con el equipaje, y poco después en la plaza de San Juan de Dios, sentado en la puerta de un bar, en compañía de mi madre, mi tía Ana, mi hermano Paco, y los camaradas de Cádiz, José Bonat y Juan Richarte. Otra vez Cádiz, en la “tacita de plata”, con pies en tierra peninsular, respirando aire marinero…

Pasé el resto de la noche en cama, como sonámbulo, sin poder disfrutar del sueño reparador que mi débil organismo precisaba. Aquellas energías se evaporaron, con la misma espontaneidad que vinieron, y tuve que permanecer tres días más en Cádiz, para mi marcha a Morón de la Frontera, lo que hice el día 26, acompañado de mi madre, llegando por la noche a mi antiguo domicilio, en calle Hidalgo, número 12.

 

Seguidamente de mi llegada, soy requerido para incorporarme a mi antiguo puesto de trabajo, lo que hice una semana después.

Pasan los días, sin interrumpir mi asistencia al trabajo. El gobierno del general Primo de Rivera decreta una amnistía,  cuya fecha exacta no recuerdo; peri sí que aquellos que se encontrasen comprendidos en dicho decreto, y se hallasen en libertad, en el plazo de un mes tenían que presentarse a las autoridades judiciales en solicitud de que les fuesen aplicados dichos beneficios. Por mi parte permanecí indeciso, un tanto confuso, y sin tomar ninguna determinación. Y en esta situación se cumplió el plazo del mes, y más tiempo aún.

Según pude observar, se me hacía el honor de controlar todos mis movimientos, pues, según suponían los celosos guardadores del orden, este humilde mortal regresaba a Rusia, quién sabe con qué propósitos y consignas.

E plena jornada de trabajo, en la casa de campo que ocupaba, soy visitado, una vez más, por una pareja del benemérito cuerpo de la guardia civil, que sin mostrar ninguna orden judicial proceden a efectuar un minucioso registro en mi residencia. Encuentran un revólver de fabricación americana – menos mal que no era de fabricación rusa- y, al no poder presentar licencia de armas, proceden a mi detención y conducción al cuartel de la guardia civil, etc. Y nuevo proceso, por tenencia ilícita de armas. Unos días de cárcel, y el juez decreta la libertad provisional.

Días después, al presentarme en el juzgado, se me comunica tener en Madrid una causa sentenciada, y encontrarme declarado en rebeldía, por lo que cualquier día me detendrían. Manifiesto, por mi parte, haber sido informado de que dicho arresto había quedado sin efecto, por cuyo motivo no había solicitado los beneficios de la reciente amnistía. Y efectivamente, pocos días después, encontrándome trabajando, fui detenido y conducido a la prisión del partido judicial, y puesto a la disposición de la dirección general de penales, la cual, a finales de octubre, me destina a cumplir condena la prisión central del Puerto de Santa María, en la provincia de Cádiz.

Avanza el año 1925. Mi vida de recluso se desliza sin pena ni gloria, en aquel correccional, que yo mejor le llamaría “escuela de la delincuencia”, ya que nada corrige. La mayoría de aquellos que de forma accidental o fortuita han delinquido suelen salir, de estos llamados correccionales, licenciados en las artes de delinquir. Una muy pequeña minoría resultaban regenerados.

Por otra parte, hay algo de mayor gravedad en contra de estos hombres al ser licenciados, por cumplimiento de condenas o indultos: la sociedad suele incurrir en la crueldad de no acogerlos en su seno. Difícilmente encuentran destino donde ganar el pan nuestro de cada día, en la continua lucha por la vida. El abandono, el desprecio y la persecución es lo que les espera, como hombres tarados por toda su vida, causa principal de que una mayoría reincidan una y otra vez. A mi juicio, el mal es profundamente humano y social, y como tal debía ser tratado….

Ocho de la mañana del día 22 de enero de 1926. El Plus-Ultra, pilotado por Ramón Franco, inicia su histórico vuelo desde Palos de Moguer a través del Atlántico.

De regreso a la península, el directorio militar que gobernaba, España, presidido por Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, ordena un homenaje oficial en favor de Ramón Franco y sus compañeros de vuelo. Al término de dicho homenaje, el general Primo de Rivera indica al aviador que pidiera como recompensa lo que deseara. Y el piloto del Plus-Ultra pidió una amnistía general para los presos y procesados por delitos políticos y sociales, y un indulto paro los encartados en delitos comunes; gracia que le fue concedida.

Una mañana el director, señor Calleja, me comunica por medio de su ordenanza el decreto de amnistía, con el ruego de guardar silencio… Me dirijo a la barbería para que me afeiten. Mi barbero Antonio Caralt, joven catalán, preso por asuntos “sociales” me dejó a medio afeitar, pues el ordenanza del director lo había comunicado a un amigo suyo, y éste a toro y en pocos minutos, entre un ruido enorme, sólo se escuchaban los gritos de “¡Indulto!” y “¡Amnistía!”. Me quedé solo en la barbería y, navaja en mano, terminé de afeitarme.

Las audiencias empiezan a revisar expedientes, y a aplicar los beneficios del indulto y amnistía. Y días después, en el primer tren de la mañana, partía para mi residencia familiar, dejándome a la izquierda el correccional, enclavado muy próximo a la estación del ferrocarril. Al ponerse el tren en marcha, de una de las ventanas de la prisión se agitaron unos pañuelos blancos, en señal de despedida, de un grupo de compañeros, a los cuales correspondí. Y allí quedó todo aquel complejo y misterioso mundo penitenciario.

A pocas fechas de mi liberación, empiezo de nuevo mi trabajo habitual. Pero los meses de vida penitenciaria habían minado mi organismo, y caí enfermo nuevamente restablecido, por razones de salud, económicas y del trabajo, establezco mi residencia a unos tres kilómetros de la población, que pocas veces visitaba.

Aquella vida de aislamiento no iba bien a mi temperamento y a mi vocación adquirida en las luchas sociales. El gobierno de la dictadura, preocupado por el problema social, pensó en pactar con los dirigentes socialistas para resolverlo, sin conseguirlo. Y empezó a crear los sindicatos verticales, que eran organismos dependientes de sí mismos, pero en función de los intereses del Estado. Cierto amigo, productor agrícola, efecto a la organización sindical, pero extremadamente legalista, me habla un día en la población de la necesidad de constituirse en sindicato vertical, agregándolo a la ley corporativa, y me presenta unos estatutos que le habían escrito, más propios para una sociedad anónima o mercantil,  que para un sindicato obrero.

-No creo que debamos ni podamos hacer otra cosa. Los tiempos hay que aceptarlos tal como vienen, y ser realistas-me dice.

Brevemente, y entono amistoso, le manifesté mi total desacuerdo en todo cuanto me había manifestado. Tomamos café, y nos separamos.

Pasaron unos meses. Nos encontrábamos ya en agosto de 1929. Y mi amigo Juan Guardado no había desistido de sus proyectos, y aprovechó mi ausencia para ponerlo en práctica, como por sorpresa, y presentar después el hecho consumado…

Un día tengo informes de que por la noche se celebraría reunión para la constitución del Sindicato Obrero de Campesinos y Oficios Varios. Me presento en dicha reunión; adquiero el carnet, y observo cierta inquietud en el amigo Guardado, temeroso de fracasar en sus propósitos. Cando éste expuso la orientación que debería seguir aquel nuevo sindicato, que sin demora tramitaría su ingreso en la Ley de Corporativa, como sindicato vertical, para lo cual creía contar con la confianza y conformidad de la mayoría de los reunidos, intervengo y expongo:

 

-El camarada Juan Guardado es hombre que obra en todo momento de buena fe. Pero, por temperamento y educación, serviría mejor como funcionario de Estado, que como dirigente de un sindicato obrero. Los obreros moronenses, los de Andalucía y los de España en general, no estamos educados en estos flamantes sindicatos verticales creados por la dictadura, cuyos poderes parten de arriba abajo; y en la escuela social en que estamos educados, el poder parte en sentido inverso, o sea, de abajo arriba, de la voluntad expresa de la mayoría, libremente manifestada, en el seno de sus sindicatos. Creo de buen sentido abandonar la idea de adherirse a la Ley Corporativa, y proceder en esta mismo reunión al nombramiento de un delegado, que con carácter informativo nos represente en Congreso Regional Sindical convocado por la CNT, para los primeros días del próximo septiembre, en la capital de provincia.

Sin discusión alguna, y ningún voto en contra, así se acuerda, recayendo el nombramiento en el que suscribe.

Regreso del Congreso Regional Sindical mencionado. En asamblea general del sindicato, informo del desarrollo y acuerdos de dicho comicio, y, con dicha fecha, el sindicato, reorganizado, ingresa de nuevo en la Confederación Regional, siguiendo así su orientación y tradición históricas.

Se sucede un nuevo período de reorganización sindical en nuestra región, al igual que en las demás regiones españolas, a la vez que se debilitaba el poder de la dictadura.

A comienzos de 1931 enfermo de gripe, de extremada gravedad. Pero no había llegado la hora de entregar mi alma al diablo, y después de luchar unos dos meses entre la vida y la muerte, la enfermedad hizo crisis, y pude sobrevivir; nunca me había encontrado tan enfermo como entonces.

Durante mi enfermedad, había sido visitado de continuo por íntimos amigos y compañeros, sinceramente interesados por mi estado de salud, y por conocer mis pensamientos en relación a la crítica situación política y social de aquello difíciles momentos.

Ya hacía unos días que, en las primeras horas de la mañana, apoyado sobre el bastón, solía pasar algunos ratos en una plaza cubierta de flores, próxima a mi domicilio. Era ya el 12 de abril de 1931. Me encontraba sentado en un banco próximo a unos rosales, cuando llega un amigo, industrial, residente en esta plaza, hombre culto y de temperamento dinámico, catalán, que respondía al nombre de José Margalef, que pretendía llegar a ver cómo me encontraba, y me invitaba a café, en un establecimiento próximo. Tenía buena dialéctica, y charlaba a placer. Y al ver que me limitaba a escucharle, me dice:

-Por lo que veo, sigues practicando tu método habitual, de oír, ver y callar.

– Puede que tengas razón. No tengo el hábito de hablar más que lo estrictamente necesario. Mas, me encuentro convaleciente, y tengo el deber de conservar energías…

-Total, que nada tienes que decirme.

– Pues verás. De madrugada he tenido un curioso sueño, que en cualquier momento pudiera resultar realidad. He soñado, concretamente, que la campaña de los intelectuales españoles, y como consecuencia del resultado de las urnas, había culminado en la redición de las instituciones monárquicas, y pacíficamente se había decidido proclamar la segunda república española…

 

Ya en la tarde del 14 de abril, los partes daban a conocer el cambio de régimen. El pueblo se lanza a la calle en manifestación jubilosa. Margalef, acompañado de varios amigos, llega presuroso a darme las noticias de los acontecimientos. Había perdido una alpargata en la calle. Por mi parte, no había pronunciado palabra. Y el catalán, al observarme cierto gesto de preocupación, pregunta:

-¿No te emocionas? ¿No dices nada?

-Sí. Que ya hoy tenemos república… Mañana ya veremos lo que tenemos.

Y silenciosos se marcha menos jubilosos que llegaron…