Día 15 de abril de 1931.Yahemos proclamado la república en este pueblo, “¿qué hacemos ahora con el cura?”…, preguntaban en dicho pueblo a las nuevas autoridades del partido judicial…

Un famoso médico, al que me unió siempre una amistad sincera, tuvo que comparecer en misión delegada en una población en que el alcalde se negaba a reconocer en sus dominios al nuevo régimen, alegando que su abuelo fue alcalde vitalicio en el pueblo mencionado al servicio de la monarquía, cargo que pasó a su padre, del que él heredó por derecho propio, y que mientras él viviera en aquel pueblo no existiría más régimen que el monárquico. Y después de una escena entre cómica y sainetesca, da su conformidad a que se proclame la república, pero con la condición que él tenía que continuar siendo alcalde…

  1. Salvo estos o parecidos episodios, propios de la mentalidad y de la cultura de nuestros pueblos, esta histórica fecha se distinguió, como es sabido, por el cambio dela bandera bicolor por la tricolor; cambios de banderas, pero sin que ello fuese el resultado de la evolución de un pueblo que, consciente de su responsabilidad histórica, se ha decidido revolucionariamente a cambiar el signo de su destino.

Los trabajadores se vuelcan sobre todo lo que tuviese alguna forma de organización. La vieja militancia no pudo desconocer momentos tan decisivos y, a pesar de desplegar una actividad inusitada, un tanto desorientada, solía ser desbordad por las grandes masas de trabajadores, las que en la mayoría de los casos, malograban toda la labor constructiva, realizando movimientos esporádicos, más o menos parciales, que solían hacer el juego a los enemigos seculares de la organización del proletariado, en continuos desgates de energías…

Jamás creí en la eficacia de la acción improvisada, sin ir precedida de una organización perfectamente articulada, como fruto de una eficaz orientación y dirección y dirección, llevaba a cabo por hombres experimentados y conscientes de su responsabilidad.

Las secretarías y demás cargos administrativos de los sindicatos se habían llevado de forma totalmente gratuita, por lo que las oficinas de los mismos sólo funcionaban unas horas por las noches, pues los secretarios, por sus necesidades económicas, tenían que ganarse el jornal durante el día, trabajando en su profesión.

Entendí siempre que a los cargos sindicales había que dotarlos de hombres con sentido de organización, preparación necesaria, y probado espíritu de sacrificio, a cuyos cargos se fuese voluntariamente sin retribución alguna. Concretamente, hombres conscientes, con vocación para el cumplimiento de su cometido, y agilidad mental y movimiento, con lo que los sindicatos estarían mejor servidos. Con este procedimiento, el militante conservaba mejor su independencia moral, al no depender su vida de un jornal sindical, ni poder ser tachado de “vividor” de la organización, sin que por otra parte corriese el riesgo de adaptación a tal destino, que tantos valores ha sacrificado. Pues el patrón sindicato suele ser el más exigente, y… el que peor paga.

Los acontecimientos se precipitan de forma atropellada, y en las poblaciones de alguna importancia, como los partidos judiciales, los sindicatos precisaban y exigían ser asistido con carácter de continuidad, día y noche. La militancia se reúne y decide resolver este problema. Se personan en mi residencia donde convalecía de mi enfermedad, y me indican que dado mi estado de salud, que de momento no me permitía trabajar en mi profesión, aceptara mi cargo en la secretaría del Sindicato con carácter retribuido. Expongo mis razonamientos y reparos, a todo lo cual me contestan que los momentos que estamos viviendo no nos permitían detenernos en ciertos escrúpulos, desconociendo lo que la realidad no imponía. En resumen, que de la noche a la mañana, me veo convertido en un empleado administrativo de la organización sindical, como máximo responsable de la misma, con el problema económico resuelto, ya que acepté cobrar 24 horas con la suma de ocho pesetas, jornal que ganaba 0,75 céntimos al mes, para los gastos del local social, material de oficina, misiones de organización a pueblos limítrofes, a la capital de provincia, delegaciones a congresos regionales o nacionales, etc.

De acuerdo con la militancia local, y previa consulta con el Comité Regional de Andalucía, se me designa la misión de visitar los pueblos de la serranía, donde convergen los términos de las provincias de Cádiz, Málaga y Sevilla. Conocía en estos pueblos a viejos militantes que podían prestar a la organización de sus localidades valiosos servicios, si se les orientaban, asistían y coordinaban sus actividades. Son en su  mayoría poblados míseros, por lo accidentado de sus tierras, no aptas para los cultivos, viviendo de la ganadería y de la industria del cerdo, a excepción de  Ronda, los Villalones y Arriate, entre otros, que poseen ricas tierras de vega, dedicadas a los cultivos de cereales y huertas, que producen ricas hortalizas y exquisitos frutos. Por estas causas, gran parte de los trabajadores de la serranía emigraban a las comarcas cerealistas y olivareras de la baja Andalucía, pues solían ser preferidos por los patrones, por cuanto estos trabajadores, a veces, no tenían en cuenta las condiciones de trabajo, a veces, no tenían en cuenta las condiciones de trabajo, establecidas por los sindicatos, y hacían de esquiroles, por lo que con frecuencia se producían conflictos lamentables y poco edificantes entre los mismos productores, víctimas por igual de las maquinaciones patronales, lo que había que evitar en lo sucesivo, por medio de la organización.

En esta gira tropiezo con un verdadero lío, en lo que respecta a la denominación y orientación de los organismos sindicales en estado de embrión. El primer aspirante a la dirección y administración de la cosa pública, de tendencia izquierdista, las había empezado a organizar a su manera, mezclando lo político con lo sindical y lo económico, introduciéndose igualmente en estas organizaciones en plena gestación elementos con piel de camaleón, que igual estaban dispuestos a gritar “viva la monarquía”, si esto servía a sus intereses personales.

Me concentro en el partido judicial de Olvera. Teníamos en este pueblo un viejo y valioso compañero, excelente obrero agrícola, que casi todos los veranos bajaba a la rica vega de Carmona, con una cuadrilla de segadores, para cuyo trabajo era requerido, y a sus regreso solía pasarme visita. Con este compañero, llamado José Romero, trazamos los primeros trabajos para la construcción de una especie de Federación Comarcal de Sindicatos, sin tener en cuenta su geografía política, y sí sus zonas naturales de cultivos, vías de comunicaciones, y distancias de los pueblos que habían de formar esta Federación. A tal efecto, redacto unos estatutos de verdaderos sindicatos afectos a la CNT, sin olvidar las características especiales de cada pueblo, medios de vida, usos y costumbres, etc. Y meses después en el propio local de la UGT, con la asistencia de Rafael Peña, en su calidad de secretario del Comité Regional Confederal, reunimos delegaciones de Pruna, Alcalá del Valle, Torre del Háquime, Setenil de las Bodegas, El Gastor, Sahara, Grazalema y Algodonales.

 

Rafael Peña marcha para Sevilla. Por mi parte, pongo proa para la capital natural de la serranía: Ronda, en cuya ciudad existía un grupo de excelentes compañeros, recordando hoy los nombres de Arcila, Antonio Durán y Palacio. En Arriate teníamos también otro buen elemento, llamado Francisco Rodríguez, al que igualmente visito. En Benaoján, entre otros, destacaba el joven militante de nuestro movimiento, Miguel González Benítez. Y nos acercamos al centro de radicación, a la sede central, al estado mayor de nuestro movimiento sindical e ideológico: Montejaque, pequeño pueblo del partido judicial de Ronda, colgado de unas peñas, que guardaba entre sus rocas el tesoro de unos hombres conscientes y experimentados, dispuestos en todo momento a trabajar por la organización y las ideas que les eran afines. ¿Y cómo no mencionar al hombre de recia personalidad, de elevadas dotes de cultura, de una integridad a toda prueba, al que ya en sus primeros pasos por la vida, casi adolescente, sufrió en carne propia los zarpazos de la justicia burguesa, perseguido y encarcelado, al que, a pesar de gozar con sus familiares de independencia económica, de no encontrarse encuadrado oficialmente en ningún organismo político, social o económico, era el que, con sencillez, vida ejemplar, sin ostentación alguna de su situación privilegiada en todos los órdenes, sin quererlo ni pretenderlo, proyectaba ideas de redención, el eje central, a cuyo alrededor giraba el pensamiento social e ideológico de las numerosos pueblos serranos que le rodaban, que a la hora dela verdad supo estar presente en el lugar que quisieron designarle, cumpliendo su cometido, y que el destino le precia con  vivir en el exilio desde la terminación de la guerra, como a tantos miles…?

¿Cómo puedo cometer la ingratitud de no mencionar al inolvidable amigo y camarada Pedro López Calle, del que por sus sobrados méritos personales se tiene grajeado un destacado puesto en la historia social de nuestro tiempo?

Corrían los meses del año 1932. En la Venta de Eritaña, de Sevilla, tiene lugar un Congreso Regional de la organización de la CNT. Y como en toda sociedad hay siempre hombres que se manifiestan y obran como superdotados y verdaderos poseídos, pero con un concepto de lo social demasiado mezquino, un del delegados a este congreso, conocido por Carlos Zimerman, se permite censurar la labor de organización señalada anteriormente, en el partido judicial de Olvera. Me encontraba redactando el dictamen de una de las ponencias, y rápido hago acto de presencia, y manifiesto al camarada Carlos mi extrañeza de su intervención en tal sentido, sin estar documentado de lo que se permitía censurar; que me remitía al propio testimonio del secretario del Comité Regional que me había acompañado, y que si lo hecho en aquellos pueblos serranos no era de su agrado, podía desplazarse a los mismos y procurar deshacer todo lo hecho, si es que se encontraba seguro de poder conseguirlo. Y me retiro a terminar la redacción del dictamen que se me había encomendado.

Un avión vuela a baja altura por la parte sur de la población, de donde soplaba el viento, y arroja sobre los mismos millares de octavillas, de signos revolucionarios. ¿Quiénes patrocinaban este movimiento? Lo ignoraba. Motivo más que suficiente para sentirme preocupado, máxime al pesar sobre mí toda la organización local y de su Federación Comarcal, que cada día adquiría mayor cohesión y fuerzas.

Dos días después, de forma imprevista, un coche para en la puerta del sindicato, y se apena de él varios señores, entre ellos, mi viejo y estimado amigo, el doctor Pedro Vallina Martínez, que con  la autoridad local para ver de conseguir autorización de celebrar un acto público, y todo fue inútil; quedé como prisionero de la enorme masa de trabajadores que surgieron como por generación espontánea, a las que mi amigo el doctor Vallina dirigió  unas palabras, y le fue difícil salir de la población.

No pregunté nunca al doctor Vallina qué personajes fueron los que le acompañaban en aquella excursión. Sólo me preocupaba que este fiel amigo pudiera haber sido sorprendido en su tradicional nobleza y buena fe, puesta siempre al servicio de la justicia social y de los irredentos, por en posible grupo de aventureros y despechados políticos.

Al paso del tiempo se iba perfilando y poniendo de manifiesto el clima de guerra social que flotaba en el ambiente de todo el país, pero sin una orientación coherente y definida, arrimando cada cual el ascua a su sardina y entrenándose por propia iniciativa cada sector político o social separadamente en el deporte de la revolución, lo que hacía frotar las manos de gusto a las viejas fuerzas de la reacción, que trabajaban en la sombra, por crear situaciones difíciles y de descrédito a las autoridades de la república.

Eran las tres de la tarde de un día cualquiera, a fines de primavera o principio de verano. Me encontraba solo en la secretaría del sindicato. Se me presenta un hombre de mediana estatura, y de poco más de cuarenta años. No recordaba haberle visto nunca, ni me molesté en pedirle su nombre, ni su procedencia. Él quiso saber quién era yo, y al confirmárselo, mira a los lados conciertas reservas, y del sombrero cordobés que le cubría la cabeza, saca una nota escrita a máquina con el sello del Comité Regional de la CNT. El mensaje que con tan aparente reserva me enviaba el supuesto Comité Regional, con este desconocido, era algo así como la orden de un jefe de estado mayor a una de sus subordinados en estado de guerra; pues se me ordenaba que al día siguiente tenía que tomar posesión nada menos que del cuartel de la guardia civil y del ayuntamiento, y proceder a la proclamación del comunismo libertaria…

Mi reacción fue un tanto rápida y quizá precipitada, por cuanto tenía que haber procurado conseguir de este mensajero una mayor información, y localizarlo en su personalidad. Me informó de que ya había recorrido varios pueblos con igual misión. Y terminé diciéndole que no visitara más pueblos con tan inconcebible idiotez, que sólo podía ser concebida y ordenada por hombres carentes de sentido común y, en el mejor de los casos, totalmente irresponsables. “Coge la puerta y márchate rápido  al Comité Regional, y puedes decirles que por estas alturas aún conservamos la cabeza encima de los hombros, para pensar por cuenta propia, y en definitiva que aquí  sabemos lo que tenemos que hacer y cuándo tenemos que hacerlo. Márchate…”

Con igual fecha le sucede algo parecido al doctor Vallina, que por entonces residía en Alcalá de Guadaira, con la agravante de que, a pesar de estar advertidos por éste, en su propio domicilio,  y en ausencia del mismo, se reúnen unos cuantos elementos intoxicados de “espíritu revolucionario”, y deciden… coger al toro ibérico por los cuernos, o que éste los coja a ellos.

Teníamos en Gobernación a Miguel Maura; en la capitanía general de la Segunda Región Militar, a Leopoldo Ruiz Trillo; en el gobierno civil de Sevilla, a un Basto, al que Maura había dado su provincia, cuyo señor resulto en su cargo demasiado basto… Estos tres excelentísimos e ilustrísimos señores hicieron méritos más que suficientes para que les fuese concedida la medalla de sufrimientos por la patria. No pudieron resultar más desafortunados en sus cargos, ni pudieron hacerlo peor en defensa de lo que llamaban la ley, la justicia, el orden social, etc.

Habíamos pactado libremente y de forma directa con la patronal agrícola unas bases de trabajo, sin ningún precedente de coacción ni amenazas de conflicto laboral, en cuyo documento tuve interés en hacer constar que, si al ponerse en práctica lo establecido en él, alguna de sus disposiciones resultase perjudicial a la otra parte contratante, se podía recurrir en demanda de nuevo estadio y rectificación, que evitara el perjuicio que pudiera existir.

Próximo al mediodía tropiezo con el alcalde en la misma puerta del ayuntamiento, y me informa que dos días antes había estado a verle una delegación de la patronal agrícola, manifestándole que no podían cumplir las bases de trabajo que tenían firmadas con el sindicato de la CNT, a lo que le había contestado que la autoridad local no había estado presente en la elaboración y firma de ese pacto de trabajo, que no existía por parte del sindicato amenaza alguna de conflicto laboral ni perturbación del orden público, por lo que en buena lógica la autoridad nada tiene que hacer en este caso. Me informa igualmente que había observado cierto movimiento en la patronal, que algunos de estos señores habían partido en coche para la capital, y que le parecía oportuno fuésemos también a informarnos y de paso procurar traernos algún dinero para ver de mitigar el paro obrero, cosa que hicimos. Al llegar a Sevilla, nos fuimos derechos al jurado mixto, y efectivamente allí habían estado con el mismo propósito, sin que les dieran ninguna solución; vamos al gobierno civil, comprobando que también allí habían estado, pero en ocasión de encontrarse ausentes el gobernador y el secretario, nada habían resuelto; el secretario nos mostró el documento que se habían dejado, en demanda de la intervención de dicha autoridad. Total, que nada habían conseguido en concreto, y no marchamos más tranquilos. Pero muy pronto pudimos comprobar nuestra ingenuidad y nuestro error. Por la noche regresamos al pueblo, y pasado Alcalá de Guadaira dejamos atrás en el camino varios camiones cargados de soldados armados de fusiles. Y al llegar a El Arahal, había parados otros dos camiones con fuerzas del ejército, del cuerpo de infantería, igualmente armados. Paramos a tomar algo en un bar, y me interesé saber el origen y destino de dichas fuerzas. Un sargento me preguntó si en el camino habíamos tropezado con más camiones de fuerzas, cosa que le confirmé, y que estarían pronto a llegar. Al querer saber por mi parte adónde marchaban, sólo pudieron decirme que lo ignoraban, y que habían recibido órdenes de esperar allí a las otras fuerzas. Me retiro, y a poco nos ponemos de nuevo en camino, pensando en buena lógica que aquellas fuerzas hubieran sido movilizadas para algún lugar de la región o provincia, que se hubiere producido algún conflicto laboral de  importancia, en que se hubiese alterado eso que llaman el orden público. Llegamos a Morón algo más de la medianoche, y en la puerta del ayuntamiento nos esperaba el primer teniente de alcalde, el cual seguidamente nos informa que por la tarde habían llamado de capitanía general, ordenando que para determinada hora del día siguiente estuviese reunida una representación de patronos y obreros, para tratar de cierto contrato de trabajo, que tenían establecido, en presencia de una representación militar de capitanía general. Algo inconcebible… El alcalde, señor Olmedo, me indicó que me marchase tranquilo a descansar y que, si fuese preciso, al día siguiente me llamaría.

Sobre las ocho de la mañana del siguiente día, me dirijo al ayuntamiento, y me encuentro que estaba totalmente cercado por fuerzas de infantería del ejército, las mismas fuerzas que nos tropezamos en el camino la noche anterior. La plaza del ayuntamiento y calles adyacentes repletas de público, a regular distancia, extrañados de todo aquello y en estado expectante. Paso al despacho de la alcaldía, y me encuentro al alcalde con el jefe de dichas fuerzas, creo que capitán, enzarzados en una discusión violenta, y en tal estado de nerviosismo que de momento ni se dieron cuenta de mi presencia, hasta que viendo el cariz que tomaba aquella discusión, llamo la atención al alcalde, el cual al verme dice dirigiéndose al capitán:

-A propósito, este señor representa a la organización obrera de esta localidad y de su comarca, y él lo podrá informar de cuanto desee saber en relación con los motivos de su presencia en ésta.

 

El capitán entonces me saluda, y se expresa en los términos siguientes:

-Con parecidos fines, en misión delegada, que he tenido que cumplir como militar por mandato de mis superiores, he visitado ya varios pueblos de esa provincia, y no precisamente en misión de guerra y sí de paz, sin que en lugar alguno se me haya recibido de forma tan hostil como en este pueblo; lo que jamás esperaba y en verdad lamento. Al llegar a capitanía general este documento o bases de trabajo, por conducto de empresarios agrícolas de este pueblo, y ser estudiado, viendo que parte de su contenido roza la ley es inadmisible desde el punto de vista legal, el excelentísimo señor capitán general, don Leopoldo Ruiz Trillo,, ha tenido a bien de enviarme, para que en reunión de representaciones patronal y obrera se le dé a este documento la redacción que la ley permita.

-En primer lugar, ateniéndome a sus mismas palabras, tengo a bien de manifestar resultarme muy extraño y a la vez original la idea de buscar la paz donde no existe ningún estado de guerra. Su misión aquí, por orden de sus superiores jerárquicos, al frente de fuerzas de infantería armadas hasta los dientes, no representa realmente ninguna misión de paz, sino que, por el contrario, más bien el deseo de perturbar la paz y provocar la guerra. El documento que tiene usted en sus manos, y que, según manifiesta, “roza la ley, y es inadmisible desde el punto de vista legal”, ha sido redactado de mi puño y letra, elaborado y convenido entre patronos y obreros del ramo de la agricultura, y se redactó sin prisa, sin que haya estado presente la autoridad local, ni existido presión exterior, ni amenaza alguna de fuerza, y puedo  explicarle el sentido y espíritu de la letra, desde el principio al fin, si lo desea. No hay nada, absolutamente nada, que roce la ley, y sea inadmisible desde el punto de vista legal. Si consigue su señoría que comparezca una representación patronal, cosa que me permito poner en duda, tendrá la oportunidad de salir perfectamente documento, de lo que hay de intriga, de inmoralidad y falta de fundamento en todo esto, por parte de dicha patronal.

-A las tres de la tarde hade comparecer aquí, a mi presencia, una representación de la patronal, aunque tenga que emplear la fuerza para conseguirlo.

-Pues entones, si no manda otra cosa, me retiro hasta dicha hora, con la promesa de no faltar.

Saludo y me retiro.

A las dos y media de la tarde, me encuentro de nuevo en el ayuntamiento, acompañado de varios compañeros más de la junta administrativa del sindicato. Media hora después, se presenta la delegación del sindicato patronal, acompañada de su presidente, que era abogado.

En un ambiente de confusión e incertidumbre, por parte de la delegación patronal, la representación del capitán general, dirigiéndose a la patronal, expone el objeto para la que han sido citados, y les invita a que expongan las razones que tengan para no poder cumplir el convenio de trabajo, que tienen establecido con el sindicato de trabajadores agrícolas.

Patronal.- Después de pactado el convenio de trabajos varios, y ser examinados por nuestra organización patronal, ésta llega a la conclusión de no poder admitirlo en su totalidad, pero especial, ente en cierta cláusulas, como el que tengamos que reconocer la personalidad social del sindicato obrero y a sus delegados de trabajo, y permitir que manden en nuestras propias casas personas que nosotros no hemos designado para ello. Si no fuese por estas consideraciones, nada tendríamos que manifestar, por cuanto la parte económica sería lo de menos, aunque algo lesionara nuestros intereses. Más aquí sólo hemos concurrido con carácter informativo, sin poderes para comprometernos a nada.

Obrera.- Esta representación de la organización obrera considera, por las propias manifestaciones que acaba de hacer la delegación patronal, que todo ha quedado perfectamente aclarado. Lo lamentable es que a petición de estos… caballeros, que hace varios días estuvieron en esta alcaldía, con este mismo pleito, que ayer fueron al llamado jurado mixto, que pasaron por el despacho del gobierno civil, y que como último recurso pasaron visita al excelentísimo señor capitán general, sin llegar a estudiar detenidamente nuestro convenio  de trabajo, que tiene sobre la mesa, firmado por algunos de los señores de la patronal, que se encuentran presentes: “Si al ponerse en práctica las presentes bases de trabajos, alguna de sus condiciones generales establecidas resultara, parcial o generalmente, motivo de perjuicios y perturbación, bien para los trabajadores o para la clase patronal, la parte que se considere perjudicada puede  recurrir a la otra parte contratante, en demanda de nueva reunión de las delegaciones de ambas partes, para un nuevo  estudio  y corrección de aquella parte del convenio motivo de perjuicios, por error u omisión”. ¿Dónde se establece la condición de que los delegados del sindicato obrero manden en la condición de que los delegados del sindicato obrero manden en vuestras casas? Los trabajos son ordenados y dirigidos por vuestros capataces o encargados de cuadrillas. Nuestros delegados sólo tienen la misión de cumplir y hacer cumplir el convenio establecido, a unos y otros, informando a su sindicato de cualquier dificultad que pueda surgir y causas que la motiven.

Patronal.- Nosotros no hemos solicitado la presencia en ésta de fuerzas del ejército, y esperamos que informe de ello a los trabajadores. A lo mejor han sido solicitadas por el sindicato obrero.

Capitán.- Esto ha terminado. Y os advierto seriamente que con la autoridad militar no se juega, sin exponerse a muy serias consecuencias. El convenio de trabajo que tenéis firmado, entre patronos y obreros, hay que cumplirlo por el tiempo que tiene señalado. Y ustedes, señores de la patronal, y señor alcalde, a las fuerzas hay que proporcionarles alojamiento, hasta yo recibir órdenes de partida.

La representación de la patronal dice que no se atreve a tal cosa, porque sería tanto como demostrar a los trabajadores que eran ellos los que habían solicitado la presencia de dichas fuerzas. Y el alcalde manifiesta que, como él no había solicitado ninguna fuerza, no se le había tenido en cuenta para nada, que no se consideraba obligado a ello.

Intervengo manifestando que, si era necesario, el sindicato obrero se encargaría de alojar a dichas fuerzas.

En mi dilatada vida he visto, en plena monarquía como en la república, situaciones extremas, en las que los pueblos, azotados por el desempleo, y como consecuencia de ello por el hambre, han cometido excesos, asaltando comercios, panaderías, etc.; excesos que más de una vez fueron severamente reprimidos por la fuerza pública, por eso de lo “sagrado” del derecho de propiedad….

Las autoridades de la monarquía, como las de la república, en estos casos extremos, entre otras medidas para paliar el mal, solían proceder al reparto de los  obreros  en  paro forzoso entre los patronos de la agricultura y de la industria, y de paso improvisaban algunas obras públicas, pagado todo ello con sueldos mezquinos, de limosnas, de hambre, que nada resolvían, porque ni  el obrero  repartido podía atender a sus más perentorias necesidades, y como consecuencia lógica, tampoco daba rendimiento en el trabajo. La patronal, al tener conocimiento que la autoridad local iba a proceder al reparto de los sin trabajo, solía despedir a los pocos obreros que tuviese trabajando, para después recibirlos en concepteo de repartidos en el número que correspondiese, por más bajo sueldo; y esto creaba situaciones muy difíciles y explosivas.

En la república se tuvo que hacer frente a este terrible mal, heredado de la monarquía, y agravado por la actitud patronal, al poner en práctica uno de sus siniestros  planes, consistente en atacar en el frente económico, creando un clima de asfixia y de continuas perturbaciones. Por lo que, tanto en la agricultura, como en la industria, y hasta en el servicio doméstico, el personal obrero quedaba reducido al mínimo imprescindible, formando legión los sin trabajo.

No faltaba patrones que llegaban al extremo de no admitir en sus propiedades los obreros repartidos, los que con soberbia y ciertos gestos de desprecio pagaban lo que les era impuesto, y ordenaba que no se molestaran “los señores sindicalistas” en comparecer a sus propiedades a trabajar, y que sus casas eran ellos lo que mandaban.

En pleno ayuntamiento, me dice un día el propia jefe local de la guardia civil, un tanto molesto y en sentido de quejas, en ocasión de encontrarme cambiando impresiones con el alcalde, en relación a este gravísimo problema:

-Son muchos los que en su vida no se les ha visto trabajar, y ahora no es que pidan, sino que exigen se les dé trabajo, lo que agrava aún más la situación de estos pueblos.

-Efectivamente, señor teniente. Por mi parte asumo la responsabilidad de haber propagado entre esos hombres de ser in oral y condenable para la sociedad de que los individuos se olviden de que, si es sagrado su derecho a vivir, también ha de serlo el conseguir el pan nuestro de cada día con el sudor de su frente, si la salud se lo permite, y dejen de vivir… del cuento a costa de la sociedad. Ya podemos darnos por satisfechos con que exijan que se les proporcione trabajo para poder vivir, y que no quieran continuar viviendo de la delincuencia.

Pueden que estos apuntes se trastoque el orden cronológico de los hechos, por la falta de un diario de notas, pero no considero falta grave un error de fechas.

Sevilla capital vivía de continuo envuelta en pequeños movimientos y episodios de carácter social y económico, sin que a veces dejaran de acontecer actos que perturbaban el orden público, se llevaran a cabo acciones que nada tenían de común con los intereses de las organizaciones sindicales, y en definitiva se endosaran las referidas acciones, llevadas a cabo por elementos incontrolados, al quehacer de dichas organizaciones, y se hiciera responsable sus dirigentes.

Próximos al arco de la Macaren, había en establecimiento, creo un bar, propiedad de un señor llamado Cornelio, que según se decía era de filiación comunista, y a dicho bar solían concurrir distintos elementos de dicha ideología. Pero los comunistas, socialistas, anarcosindicalista, masones, etc., toda esta pléyade de “diablos rojo” podían pensar como quisieran, pero sin permitirse proyectar su pensamiento a la sociedad porque hasta dentro de sus propios domicilios se encontraba al margen de la ley, si así procedían Y en buen día, con el pretexto de algunas escaramuzas por aquel distrito, y de supuesta reunión comunista en el bar de Cornelio, surge el “héroe de la Macarena” que con una pieza de artillería dispara contra el referido bar, enclavado en una manzana de casas, perforando y derribando parte del inmueble y, según referencias, había muerto una joven aún adolescente de una casa contigua, alcanzada por la metralla, y allí quedó la casa de Cornelio con un gran ventano abierto, como monumento nacional, y símbolo al principio de autoridad. Esto no precisa comentario.

 

El doctor Olmedo Serrano había cesado en su cargo de alcalde de Morón de la Frontera, destino que ocupó un maestro nacional llamado don Eduardo Escalante, de filiación republicana, hombre de menos consistencia moral y convicciones políticas que el anterior.

Me llama el nuevo alcalde sobre las tres de la tarde de un día de finales de agosto. A entrar en su despacho se encontraba solo. Moro de soslayo sobre la mesa y localizo en la misma un extenso telegrama oficial, que él seguidamente coge y me lo da a leer. Dicho telegrama procedía del gobierno civil de Sevilla, en el que el gobernador señor Basto le ordenaba que “en virtud de las alteraciones de orden público que venían sucediéndose en la capital y provincia, que seguidamente procediera a la clausura de todos los círculos políticos y sindicales, y a la detención de sus dirigentes conocidos, con cargos en dichos círculos o sin ellos, recluyéndolos de momento en la prisión del partido, y dando cuenta de ello a la autoridad”.

Como consecuencia de un breve cambio de impresiones con el alcalde, éste llama al gobernador civil, le comunica al señor Basto haber recibido el telegrama, y sentirse desconcertado por dicha orden, por cuanto en Morón y su comarca se hacía vida normal; los obreros todos trabajaban en cumplimiento de un convenio de trabajo concertado con la patronal; que no había indicio alguno de conflicto laboral ni de tipo político, por lo que tal medida de excepción la consideraba inoperante, lo que le comunicaba por si tenía a bien de dejar sin efecto dicha orden.

Basto replicó violentamente al alcalde, con las siguientes palabras:

-¿Qué dice usted? Limítese a cumplir mis órdenes inmediatamente y, en caso contrario, aténgase a las consecuencias.

El alcalde, desorientado, nada resolvía.

En este momento llega el concejal señor José Bernal, y nos dice que, al pasar por la puerta del cuartel de la guardia civil, había observado un movimiento desusado de fuerzas, que preparaban los caballos, posiblemente para salir a cumplir alguna misión especial.

Le indico que llame al jefe de la guardia municipal, y que vaya con una pareja y precedan a la clausura del sindicato, antes que le coja la delantera la guardia civil.

-Además llame a la cárcel y comuníquele a don Julio, el jefe, que dé entrada a los militantes del sindicato que se vayan presentando. Yo voy a pasar por mi domicilio a comunicar a la familia que por la noche me manden la comida y cama a la cárcel, donde esteré dentro de media hora, o antes.

Me presento en la cárcel sin ser visto, ni haber dado satisfacción a la guardia civil de ser detenido por ella y conducido por las calles, a la hora precisamente en que los trabajadores, sus jornadas de trabajo, regresaban a sus domicilios en la ciudad.

Dos parejas de la guardia civil precedidas de sus jefes, el teniente, todos a caballo, se dirigen al sindicato, y al llegar ordenan a los municipales que les habían recibido, que se marcharan inmediatamente; lo clausuran ellos, y proceden a la detención del presidente de dicho sindicato, Antonio González, que en aquellos momentos se encontraba solo, se lo llevan por el centro de la población, plaza del Ayuntamiento, y a pocos metros la cárcel. Un hermano del capitán Zurita, perteneciente al sindicato, se le ocurrió preguntar ingenuamente qué había hecho aquel hombre para que lo llevasen preso, y corrió la misma suerte que el presidente, ingresando juntos en la cárcel. Momentos después suenan a pocos metros nutridos disparos de fusiles. Con cierto pesar por no encontrarme en la calle en aquellos momentos, interrogo al carcelero, el cual me dice que la guardia civil había hecho unos disparos al aire, con el fin de que se disolvieran los grupos de trabajadores que se iban concentrando en la plaza de Ayuntamiento; que estuviese tranquilo, que no había sucedido nada.

Siguen llegando detenidos, hasta el número de doce, entre ellos, José Margalef, catalán, del movimiento confederal, industrial en esta plaza, cogiéndole en el ayuntamiento en el momento de los disparos, el cual condenó correcta pero duramente aquel acto de agresión de la fuerza pública, que no había sido provocada. Pues los impactos de los disparos “al aire” señalaban en la pared el promedio de un metro de altura del pavimento. Resultado: cuatro hombres del pueblo trabajador, que por simple coincidencia estaban en la plaza entre los demás, en actitud expectante, caen al suelo alcanzados por los disparos de la guardia civil, aunque afortunadamente sus heridas no fueron mortales.

Por la noche y después de un detenido examen de la situación, reúno a los demás detenidos, a los que expongo la necesidad de ponernos en contacto con los que se encuentran en libertad, para evitar que las juventudes de nuestro movimiento local y comarcal cayesen en la trampa tendida por aquellos que deseaban ver al pueblo trabajador y especialmente a sus militantes calificados sometidos a un baño de sangre, y destruir con ello todo vestigio de organización. Los demás ven bien esta idea. Escribo unas cuartillas dirigidas a la militancia de Morón y de su Federación Comarcal, y a los trabajadores en general, en cuyo documento exponía lo que, según la autoridad gubernativa, había motivado nuestra detención y la clausura de sindicatos; que todo ello  se debía a disposiciones generales ordenadas por las autoridades de la capital de provincia, y en nuestro caso particular, con un carácter preventivo que a nuestro juicio carecía de fundamento, y que, en definitiva, hacía constar que el mayor servicio que podían  hacer a la organización, y particularmente a nosotros los detenidos, era el seguir haciendo vida totalmente normal en todos los sentidos, sin que ningún obrero faltase a su puesto de trabajo, ni hacer caso a ninguna provocación, ni a requerimiento alguno, de elementos no controlados.

Llamo al carcelero y le ruego que localice por teléfono al alcalde y le ruegue que venga un momento, que tenía necesidad de comunicarle algo de interés para él. Eran de nueve a diez de la noche, cuando llega el alcalde. Le doy a leer el manuscrito del manifiesto que proyectábamos publicar. Lo considera acertado y oportuno, y me pregunta qué quería hacer con dicho escrito, a lo cual contesté que lo mandase a la imprenta sin demora en nuestro nombre, que aquella misma noche fuese impreso en un manifiesto, de dos o tres mil ejemplares, y de madrugada y a primeras horas de la mañana fuese repartido, con el fin de que diese el resultado deseado; le doy el nombre de los compañeros nuestros para que fuesen a vernos y hacerlos cargo de la distribución del referido manifiesto. A esto me comunica el señor Escalante, que había siendo declaro el estado de guerra en la tarde anterior en toda la provincia, por lo que tenía que consultar este caso con el jefe de la guardia civil, lo que haría seguidamente y volvería a informarme. Tardó poco en volver y me dijo que el señor teniente no había visto mal el escrito y nuestros propósitos, pero que me comunicara, y por mi intermedio a todos los detenidos, que “eso del orden, la tranquilidad, la paz de la población y la libertad de trabajo lo garantizaba él con los fusiles de sus soldados”.

-Bien, señor alcalde. Gracias por todo. Último ruego: deje usted aquí el manuscrito y pase aviso al compañero nuestro cuyo nombre le he facilitado para que no tarde en venir a vernos.

 

No recuerdo fijamente los días que llevábamos en la prisión de Morón, cuando una tarde me comunica el carcelero, en forma confidencial, que antes de la media noche siguiente habían decidido ponernos en libertad. Que tuviésemos preparado cado uno su ropa y cama perfectamente embalada, lo que fuésemos a llevarnos a casa personalmente, y lo fuésemos a dejar en la cárcel, para que se lo llevasen nuestros familiares.

Próximos a medianoche, para una empresa de viajeros en puesta de la cárcel, el carcelero abre la cancela y nos llama con la ropa, y al salir al cuerpo de guardia, entra el teniente de la guardia civil con dos parejas; a Margalef la esposan con el que suscribe, y así en seis parejas nos sacan a la puerta y ordenan montemos en el camión, sin comunicarnos el lugar de destino, y sin haber podido avisar a nuestra familiares.

El camión se pone en marcha, camino de la estación de ferrocarril, factoría de cementos, carretera de El Arahal a tres leguas de Morón, y antes de llegar a “El Gandul”, entre Alcalá de Guadaíra y El Arahal, existe un viejo puente sobre un arroyo que procede de la vega de Carmona, donde el jefe de le expedición ordena pare el camión, y a le vez nos invitan a que bajemos a tierra, pensando que algunos desearíamos evacuar alguna necesidad. Serían las dos de la madrugada. Bajamos a tierra. Observo ciertos gestos extrañados en los componentes de nuestra escolta. Reacciono rápido, e indico a mis compañeros que no se retiren del camión, y que suban al mismo lo antes posible, que el fresco de la madrugada… no nos iría bien, a pesar de encontrarnos en agosto. En un momento nos encontramos de nuevo dentro del camión, lo que parece no fue de agrado de nuestros guardianes.

Carretera adelante, “El Gandul”, Alcalá de Guadaira, Sevilla y la vieja e inmunda prisión provincial conocida por “El Pópulo”. Tres de la madrugada. El jefe de la prisión se niega a darnos entrada en la misma, alegando ser materialmente imposible, por encontrase abarrotada hasta la puerta. Habían improvisado una prisión flotante en el puerto de la capital, y allí nos llevaron. El vapor Vizcaya, viejo barco carbonero de cabotaje, que decían encontrarse averiado; sus bodegas nos sirvieron de reclusión durante quince o veinte días. Creo innecesario describir nuestra vida de reclusos en aquella prisión flotante no apta ni para refugio de ganado. Una tarde vemos sobre cubierta a nuestro paisano el capitán Zurita, que tenía allí a su hermano con nosotros. Otro día vemos al doctor Olmedo, que de su propia iniciativa nos visita, después de haber hecho ciertas gestiones relacionadas con nuestra libertad, y con ciertos rumores que aseguraban se proyectaba una nueva expedición de desterrados a Bata.

Al fin se nos ordena abandonar el barco, libres ya.

En mis apuntes, he de retroceder unos cuatro meses para reparar un bache de mi ya débil memoria.

En la segunda quincena de marzo del año 1932, me desplazo a Montejaque, con la misión de preparar la celebración de un Congreso Sindical en Ronda, con vistas a la constitución de una nueva Federación Comarcal de sindicatos en dicha ciudad.

Pedro López Calle pone a mi disposición no sólo su oficina, sino también su valiosa colaboración como conocedor de aquellos pueblos, y su asesoramiento y ayuda en la redacción de los dictámenes a los distintos puntos del orden del día, que había de ser discutido endicho congreso.

 

Una vez todo ultimado, me desplazo a Ronda, y de acuerdo con el consejo administrativo de la Federación Local de Sindicatos, se cursan las citaciones al congreso, que tuvo lugar en la primera quincena de abril.

Asisten delegaciones de todos los pueblos citados. Una delegación de la Federación Provincial de Sindicatos de Málaga. Por la Federación Comarcal de Sindicatos número 3 de Morón de la Frontera asiste una nutrida delegación, compuesta por los camaradas José Margalef, Manuel Salas Hermosín, Antonio González Tagua y Francisco Muñoz Bermúdez, entre otros. Y por el Comité Regional de Andalucía, el que suscribe.

Reunido el congreso, expongo los antecedentes sociales, y la necesidad que había existido para la convocatoria del mismo, y ver de construir una Federación Comarcal de Sindicatos que aunara los esfuerzos de todos los productores, en la lucha por conseguir un mayor nivel económico, moral y de cultura, aspiraciones inmediatas de aquel movimiento  social.

Se pasa seguidamente al nombramiento de las ponencias para el dictamen de los distintos puntos del orden del día que ya conocían.  Acto seguido entrego a cada ponencia los dictámenes elaborados por la delegación del Comité Regional organizadora de tal comicios, por si le podían servir de bases de estudio y discusión. Dichos dictámenes no eran esperados, causando buena impresión entre los ponentes y demás delegaciones, por cuanto realmente el congreso había salido hecho de Montejaque, y las ponencias se limitaron a suscribirlos.

El mitin de clausura se celebró en el teatro Espinel de Ronda, terminando todo sin el menor incidente, y en un ambiente alegre y de franca camaradería.

Remitidas las actas, acompañadas de los dictámenes al orden del día, a los Comités Provincial, y Regional y Nacional de la CNT, causaron excelente impresión. ¡Cuánto me alegraría tener en mis manos en estos momentos dichos documentos, como igualmente los del Congreso de Olvera, Y oros muchos no menos interesantes, en los que tuve participación directa, relacionados con el movimiento social de Andalucía!

Otoño de 1932.Al gobernador Basto lo sustituye un ferroviario, radical-socialista, llamado Vicente sol Sánchez, celoso en extremo de su autoridad, con el que me vi obligado a reñir batallas, en relación a su concepción del ejercicio de la autoridad como gobernador.

En Sevilla y su provincia, se había producido una fantástica cosecha de aceitunas, base principal de la economía agrícola de la provincia. La recolección de la aceituna de verdeo empezaba en la segunda quincena de septiembre, y la de almazara, en los primeros días de noviembre.

En este extenso término municipal predomina el cultivo del olivo, como igualmente en los demás pueblos de su partido judicial, al menos en la mayoría de los mismos.

Gentes de los pueblos de la serranía de Cádiz, Málaga y Sevilla solían desplazarse a la baja Andalucía a la recolección de cereales en verano, especialmente a finales de otoño a la recolección de las aceitunas de almazara, trabajo éste que lo realizaban la totalidad de las familias, lo que les permitía regresar a sus pueblos de origen con alguna economía reunida.

Había que estudiar con detenimiento este gran problema de carácter social y económico, por cuanto no desconocía que tropezaríamos con infinitas dificultades para ello, y sabiendo que la economía de muchos miles de familias obreras dependía de que dicha recolección no se malograra, y realizara en forma normal. Y si esto, en cumplimiento de un deber, lo resolvía la organización, ésta conseguiría prestigio y potencialidad insospechada. Expongo ampliamente este problema a la militancia de nuestra Federación Comarcal, que me concede un voto de confianza, y aportan su decidida colaboración.

Tengo conocimiento de que, como de costumbre, empezaban a llegar sigilosamente algunos de los llamados “manijeros”, o encargados de sacar las acuadrillas de aceituneros, a ponerse de acuerdo con sus antiguos patronos, en relación con la recolección. Por otra parte, Francisco Largo Caballero en el Ministerio del Trabajo, con el objeto de contrarrestar las maquinaciones de la patronal y sus egoísmos, dictó la Ley de Términos Municipales, que prohibía el desplazamiento de productores de un pueblo a otro. La medicina recetada por el ministro del Trabajo resultaba peor que la enfermedad. Más: Sol Sánchez, en el gobierno civil, redacta unas bases de trabajo, que pretendía imponer a todos los pueblos de la provincia con carácter oficial, en las cuales se prohibía el trabajo destajo, se establecía un jornal de X pesetas, y un mínimo de crecimiento en la producción, equivalente a cuatro fanegas de aceitunas por cada banco compuesto de cuatro personas. Como se comprenderá, la lucha iba a ser difícil, dura y desigual.

Curso una circular a todos los pueblos de la serranía, a través de las comarcales de Olvera y Ronda, exponiendo la situación de nuestra provincia, y recomendando que, en bien de sus intereses y de sus organizaciones, no se desplazase ningún productor a la recolección de las aceitunas mientras no recibieran aviso de la Federación Comarcal número 3 de Morón de la Frontera, que ellos estuviesen dispuestos a respetar las condiciones de trabajo que estas Federación pudiera establecer con la patronal agrícola, y viéramos de resolver y vencer ciertas dificultades, en las condiciones laborales que pretendía imponernos la autoridad gubernativa, complicado aún más por la Ley  de Términos Municipales, decretada por el Ministerio del Trabajo. La correspondencia fue continua e intensiva, sin que faltara la visita personal a aquellas comarcales, consiguiéndose el resultado apetecido.

Nos encontrábamos a finales de octubre. Como secretario del sindicato local y de la Federación Comarcal de Sindicatos, envío un oficio al Sindicatos Agrícola Patronal, haciéndoles ciertas consideraciones relacionadas con la campaña de recolección y demás trabajos agrícolas, y la conveniencia de estudiar y concertar un convenio de trabajo con carácter local, lo que podríamos establecer de forma directa las dos partes interesadas, que de estar conformes podrían proceder al nombramiento de una delegación que conjuntamente con otra de nuestra parte se reunieran en el lugar que ellos designaran, y realizaran este trabajo.

El Sindicato Patronal contesta aceptando esta sugerencia, y ofreciéndonos su propio domicilio social, para las reuniones de las dos delegaciones, y señalando fecha de reunión.

Existía sumo interés en saber si nuestro proyecto de convenio de trabajo se inspiraría en las bases oficiales del gobierno civil, que prohibía el trabajo a destajo, y si se ajustaba a la Ley de Términos Municipales, pues nada habíamos informado de nuestras decisiones.

Tenía la costumbre de pasar por la plaza de Ayuntamiento en las primeras horas de la mañana, y dejar en la cuenta del sindicato en el Banco Español de Crédito el producto de la recaudación del día anterior en concepto de cuotas. Al pasar por la puerta del Banco Hispano Americano, su director me llama y pregunta si podía garantizarle que la gran cosecha de aceitunas pendiente de recolección no se malograría por falta de acuerdos entre patronos y obreros, y el desacertado proyecto de bases de trabajo que pretende imponer el gobernador civil, con la imposición de la Ley de Términos Municipales y la prohibición del trabajo a destajo.

-Concretamente, si usted nos garantiza que se han de recolectar las aceitunas de este extenso término municipal, Mis preguntas tienen un carácter confidencial, y se las hago en nombre de todas las agencias bancarias de la población.

-Yo sólo puedo garantizar a usted, y a los demás señores en nombre de los cuales me habla, que al Sindicatos de Campesinos y Oficios Varios, y demás sindicatos de la Federación Comarcal que represento, no le interesan lo más mínimo las bases de trabajo oficiales de que me habla, ni la Ley de Términos Municipales, ni la intervención en nuestros asuntos laborales de ninguna autoridad. Nuestro concepto es, en resumen, que esa gran cosecha nacional, de la cual depende también el trabajo y el pan de muchos miles de familias productoras, por lo que se recolección no debe malograrse por intereses contrarios al bien común, y que nuestra decisión es que no quede una sola aceituna sin ser conducida a las almazaras, o fábricas de aceite. En cuanto a lo demás, es la patronal la que tendrá que decidir y pronunciar la última palabra. ¿Algún interés de tipo económico le obliga a pedirme esta garantía?

-Pues nada menos que doce millones de pesetas hay ya solicitados para la recolección. Comprenderá usted el motivo de nuestra preocupación.

-Creo que si la patronal se muestra comprensiva y obra con sensatez, todo se resolvería fácilmente, y daríamos un valiosa ejemplo a muchos pueblos que han perdido la brújula de su nave.

Empiezan las reuniones de las dos delegaciones, que duran ocho días consecutivos. Ochos días tirándonos de la greñas, de forcejeo, cada parte atenta a sus intereses. La representación patronal la presidía su presidente, que era abogado, don Jorge Angulo; don Jerónimo Villalón Daoiz, marqués de Villar del Tajo y conde de Miraflores; don José Higueros y otros. Por parte de la representación obrera, Antonio González Tagua, Francisco Márquez Olmedo, entre otros, y el que suscribe. Al fin se ultima la redacción del documento, o bases de trabajo.

Las bases esenciales que se establecieron eran aproximadamente como sigue:

  1. La patronal, al reconocer la personalidad social y jurídica del sindicato, se comprometía no admitir en el trabajos a ningún productor que no estuviese controlado por alguna organización de carácter sindical y económico, fuese o no de la CNT y llevas el aval del sindicato local, con el que había pactado, o de su Federación Comarcal.
  2. Aceptaba en las cuadrillas de productores la presencia de dos delegados sindicales, uno en representación del sindicato de la localidad de procedencia, que a la vez era productor de la cuadrilla, y otro delegado de esta localidad, de la CNT, o de su Federación Comarcal. Y cuando la cuadrilla era del sindicato que había firmado el convenio, un solo delegado, también productor.
  3. Estos delegados tenían la misión simplemente de inspeccionar, cumplir y hacer cumplir el convenio establecido, resolver, de acuerdo con la representación de la empresa y sus productores, cualquier incidencia que pudiera surgir, si le era posible, informando de ello a la secretaría del sindicato y Federación Comarcal.
  4. Se comprometía a proporcionar a sus productores en recolección alojamiento higiénico y decoroso en sus caseríos, y los elementos imprescindibles de mesas, asientos, luz agua, leña, garbanzos, aceite comestible, pan, etc. El transporte de las cuadrillas, desde sus pueblos de origen, y el regreso una vez terminada la recolección, sería de cuenta de la empresa.
  5. Los trabajos de molturación del fruto en las almazaras o fábricas de aceite se reservaba a los productores especializados de la localidad, que venían haciéndolo en años anteriores, siempre que hubiese número suficiente para atender estos trabajos.
  6. De mutuo acuerdo, se establecía el trabajo a destajo, y se clasificaban en tres categorías, de 1ª, 2ª y 3ª, los precios de la recolección por fanega de aceitunas, según la topografía y preparación del terreno, y estado en que se encontrase el fruto. En olivar de primera, se establecías el precio de 2,50 pesetas; 2,75 en el de segunda, y 3 pesetas en el de tercera, respectivamente.
  7. Ninguna de las partes contratantes tendría en cuenta la Ley de Términos Municipales, y los trabajadores de recolección se harían a uso y costumbre de años anteriores, máxime teniendo en cuenta la imposibilidad de que los trabajadores de Morón y sus comarca pudieran realizar por sí solos los distintos trabajos de la agricultura en un término tan extenso, fabricaciones, y también la recolección, aparte de la falta de sentido humanos y espíritu solidario que representaba dicha ley.
  8. Igualmente son valorados los distintos trabajos de agricultura, y establecido el salario mínimo de 8 pesetas, para aquellos trabajos que no constasen en las bases, por olvido u omisión, todo con efectos desde el momento de ser firmado el convenio, que tendría un año de duración.
  9. Por último, se acuerda que las dos secretarías de los sindicatos patronal y obrero mantengan continuos contactos con carácter informativo, y de común acuerdo actúen rápidas en la solución de aquellos incidentes que pudiesen surgir por incomprensión de unos o de otros, cualquiera que fuese el alcance de dichos incidentes, y sin recurrir para ellos a ninguna autoridad.

Queda ultimada la redacción de las bases mencionadas, de las que sacan varias copias a máquina. Las delegaciones habían de informar a sus respectivos sindicatos sin demora alguna. La patronal censura a su delegación, y no hay acuerdo entre ellos, por lo que dicha delegación, patrocinada por su presidente, se resiste a firmarlas. Mal asunto era éste, que podía hacer fracasar todo lo hecho. Uno de los componentes en el delegación patronal se sintió un tanto ofendido al ser censurado por sus compañeros; no habían observado mi presencia en la entrada del local, y un tanto destemplado les gritó que, en vez de censurar, lo que tenían que haber hecho era asistir a las reuniones a batirse el cobre con el Besteiro de la CNT, lo que me produjo risa, y me marché un tanto preocupado…

A la mañana siguiente, redacto un oficio dirigido por duplicado a la autoridad local, informándole que, si en el plazo de ocho días la patronal agrícola no había ratificado con su firma las bases de trabajo que se había redactado por ambas partes, los trabajadores irían a la huelga como último recurso, determinación que éramos los primeros en lamentar, y cuyas consecuencias recaerían sobre la patronal. Pero antes de hacer entrega de este oficio a la autoridad, paso por el Sindicato Patronal a dejar copia del mismo, sabiendo que se encontraban reunidos. Les hablo a todos con entera franqueza de lo inconcebible de su actitud, contraria a sus propios intereses, por cuanto los trabajadores, poco o nada tenían que perder, ya que, “desde su nacimiento, todo lo tenían perdido, y lo único que les esperaban eran días más o memos de hambre, con cargo a vuestra conciencias. Por lo visto, hasta os habéis olvidado de que ni las agencias bancarias os entregarán un solo céntimo de los millones que tenéis solicitaos para la recolección de la cosecha, y que muchos de vosotros no podréis cumplir los contratos de aceitunas y de aceite que tenéis concertados, si nos obligáis a un paro general, al no ratificar las bases que tenemos redactadas, de las que resultaréis los más directamente beneficiados”.

Don José Higuero empuña se estilográfica, y firma las cuatro copias de las bases, y me indica que le prepare todo el personal que precisaba para la recolección en sus fincas, y los molineros, lo que dejaba a mi elección, cuyos trabajos quería empezarlos a primero de noviembre; y se marcha. Al fin firman los demás, y su presidente don Jorge Angulo.

No pierdo tiempo en entregar en la imprenta las bases, para que imprimieran unos cuantos millares de ejemplares de las mismas, que al día siguiente tengo disponibles, y envía o circular a las Federaciones Comarcales y demás organismos sindicales interesados, informando sobre las normas a que habían de atenerse los productores que se desplazaran a la Comarcal de Morón de la Frontera para la recolección de la aceituna, a cuya circular acompaño ejemplares del pacto de trabajo.

Empiezan a llegar delegaciones y una copiosa correspondencia, de la mayor parte de los pueblos de la serranía, en demando de una más amplia información y de instrucciones. Y en nombre de la Federación Comarcal de Sindicatos núm.3, firmé más de 15.000 volantes de libertad de trabajo en la recolección a productores de la serranía.

La ingente labor desarrollada para la consecución de los resultados precedentes resultaba agotadora para mi débil organismo, lo que sólo podría soportar una voluntad ilimitada en el empaño de vencer. Pero no en comparación a las actividades que tuve que desarrollar y problemas que resolver, a partir de aquella fecha.