• Bases concurs relats curts

#Sant Jordi

Participa i suma cultura al barri de Llefià

Allí donde fueres…

La puerta chirrió al abrirla y chirrió al cerrarla. No dejó de quejarse mientras el ama de llaves la movía como si se tratara de un abanico de grandes dimensiones
—¿Ve lo que le decía? —dijo resoplando por el esfuerzo.
El carpintero parecía no entender nada.
—Pero es que es la puerta de un castillo —se excusó.
—¿Y…?
—Que es un castillo terrorífico.
—¿Y…? Entienda que eso no tiene relación con que la puerta se queje de ese modo a cada movimiento. Que tal parece que estemos en un recital de saetas.
—Pero señora, ¿no entiende que “castillo terrorífico” va ligado de manera inexorable a que las puertas chirríen?
—Eso será en su pueblo, que parece usted escocés. Aquí en Transilvania esa moda no existe. Aquí las puertas no chirrían porque molesta. Y punto.
Él, vestido con un kilt que le delataba, intentó convencer a la mujer de manera infructuosa ¿Debía dejar perder los pocos beneficios que iba dejarle aquel trabajo por culpa de las malditas puertas? No, no iba a permitirlo. Le habían encargado un trabajo y él, carpintero emigrado y golpeado por la crisis, pero profesional como pocos, lo había realizado tal como marcan los cánones escoceses, los suyos. Y si a alguien no le gustaba, pues que se aguantara o que fuera a hablar con él.
—Veo que se empecina en no resolver los problemas de las puertas —le dijo el ama de llaves cuando presentó la factura.
A pesar de la actitud provocadora de la mujer el carpintero no se amilanó
—No señora. Las puertas de un castillo chirrían, lo sabe todo el mundo. Y no voy a cambiar eso por el capricho de nadie. Así que páguenme lo estipulado o aténganse a las consecuencias.
Ella, abandonada toda beligerancia, se encogió de hombros mientras le decía que le pasaría la factura a su amo. Concluyó con un “tendrá noticias suyas antes de una semana, se lo garantizo”.
El hombre se marchó resoplando y soltando improperios. Se temía lo peor: que ahora, el dueño del castillo, amparado en una moda del todo punto ilógica, se negara a pagarle.
Se maldecía por su mala suerte. Maldecía a Margaret Thatcher por la destrucción de empresas y por haberle obligado a emigrar de su amada tierra. Maldecía el clima de este lugar y las puñeteras modas en lo referente a los castillos. Echaba de menos Escocia, Aberdeen y el castillo de Delgatie, con sus historias de fantasmas, cadenas, puertas chirriantes… ¡Joder, lo que debe ser un castillo de toda la vida! Se dijo para sí. Pero ahora no tenía más remedio que sentarse a esperar y que alguien fuera a pagarle.
Cuando iba a cumplirse una semana y se preparaba para montar el número, recibió una llamada de teléfono. El ama de llaves le pedía, por favor, que esperara a la tarde del día siguiente que su jefe iría a resolver el malentendido.
Tras colgar notó, el corazón le golpeaba en el pecho. No le gustaba nada aquella mujer, su cara pálida, esa voz monocorde y sin acento. Le daba escalofríos.
La tarde del siguiente día había dado paso a la noche mientras él esperaba sin que allí se acercara nadie. Ya estaba a punto de acostarse que sonó el timbre de la puerta. Con todo el mal humor asomándole por los ojos abrió. Frente a él apareció un hombre alto, enjuto y con una mirada que helaba la sangre.
—Soy el conde Vlad Drăculea —se presentó—, ¿es usted el industrial de la madera que vino a mi castillo? Venía a resolver nuestro asunto.
El carpintero, sin amilanarse por la voz de ultratumba del cliente, asintió y le invitó a pasar. Acompañó el acto con un movimiento de torero. Una vez dentro rompió el hielo con un, usted dirá, caballero. El cliente, sin cambiar el gesto, confirmó su descontento por el ruido insoportable de las puertas, en especial la de entrada al castillo.
—Debe usted saber que yo, al igual que muchos amigos míos, dormimos de día —sentenció el conde.
El carpintero, más que enfadado, prefirió usar la ironía antes que los malos modos:
—¿Un caballero como usted trabaja por las noches, en un lugar como éste?
—No, yo y los de mi clase no trabajamos, señor.
—Pues ya me dirá a ¿qué se dedican en un lugar tan aburrido y muerto como éste?
Ese fue el momento en que el conde le obsequió con su primera sonrisa, paso previo a escuchar la última frase que oiría en su vida:
—No se imagina lo que me alegra que me haga esta pregunta…

Manel Artero Badenes (categoria adults)

Organitza:

© 2026 · Pretty Creative WordPress Theme by, Pretty Darn Cute Design