Es curioso cómo actúa la mente, cómo los recuerdos nos generan sentimientos en el momento actual e incluso nos evocan olores que están presentes en nuestra memoria. Siempre que pienso en mi infancia me sale una sonrisa. A pesar de que mi padre murió joven de cáncer de pulmón, sin haber fumado nunca, recuerdo una infancia feliz con mi madre y mi hermana mayor. Las tres juntas formamos un bloque muy unido y creamos un espacio de confianza y alegría a pesar de la situación.
Vivíamos en un ático de alquiler, pequeño y sin ascensor. Entraba siempre mucha luz y recuerdo tumbarme en mi sofá y ver el cielo desde la ventana. Compartí habitación con mi hermana hasta que mi padre murió y pasé a dormir con mi madre. No recuerdo si fue mi madre o yo quien propuso dormir juntas, el caso es que pasé a compartir habitación con mi madre, desde los 11 años en la misma cama y desde los 18 ya en cama separadas, pero en la misma habitación.
Dormir con ella siempre me pareció lo mejor, recuerdo su olor a jabón y a Nivea, nuestras conversaciones cara a cara: confidencias, anécdotas, risas…y su manera de rezar antes de dormir siempre susurrando. Así me dormía escuchando un murmullo que intuyo era el Padre Nuestro.
Mi madre trabajaba cosiendo prendas para un taller cercano, tenía máquinas de coser en casa y se sentaba allí largas jornadas, con la radio puesta siempre en Teletaxi. Más de una vez mi madre se levantaba de la máquina y se ponía a bailar, era algo que le encantaba y no podía evitar. Lo bailaba todo, pasodobles, sevillanas, rumbas…no le importaba bailar sola, le daba un poco más de volumen a la radio y se dejaba llevar.
Siempre estaba con una actitud positiva, intentando ayudar a los que tenía cerca y necesitaban algo. No teníamos mucho que ofrecer a nivel material, pero recuerdo que mi vecindario tenía la cultura del trueque, mi madre le remendaba prendas a algunos vecinos y a cambio ellos nos arreglaban un grifo que goteaba o una puerta que no cerraba bien. Siempre había gente en casa, hablando con mi madre o pidiéndole consejo para algo. Mi madre, o encontraba solución, o como mínimo te hacía entender que las cosas algunas veces no salen como nos gustaría.
Cuando mi hermana se casó y se fue de casa, nosotras seguimos juntas en la misma habitación. Y así fue hasta que con los años formé mi propia familia y también me marché. Estaba muy cerca y nos veíamos a menudo. Mi madre se iba haciendo mayor, pero su positividad y energía no decaían. Con los años las conversaciones se volvieron más adultas, más profundas y su mayor lección fue que en la vida hay que disfrutar lo que se pueda hasta que se pueda. Portarse bien con todo el mundo y poder irse a dormir sin cuentas pendientes con nadie.
Pronto hará dos años que no está y cada vez que alguien me dice que tengo su carácter no puedo evitar sentirme orgullosa, aunque sinceramente creo que mi madre era irrepetible.
Montse Movilla Moreno (categoria adults)