Mi hermana tenía un peluche azul al que llamaba Nube. Estaba un poco viejo, con un ojo medio suelto y la tela gastada, pero ella decía que era el mejor peluche del mundo.
Siempre lo llevaba a todas partes. Incluso cuando ya era “demasiado mayor” para eso, según mamá.
Por las noches, lo dejaba en medio de las dos, como si también fuera parte de nuestras conversaciones antes de dormir.
Ahora Nube está en mi estantería.
Desde que mi hermana ya no está, nadie lo ha movido. Al principio no quería tocarlo. Me daba miedo que dejara de oler a ella o que, de alguna manera, también desapareciera.
Pero un día no pude más.
Lo cogí.
Estaba igual de suave, igual de pequeño… pero sin ella parecía distinto.
Esa noche dormí abrazándolo.
Y aunque sabía que no era lo mismo, cerré los ojos imaginando que todo seguía igual: sus risas, sus historias inventadas, su voz diciendo que Nube nos protegía de las pesadillas.
Lloré un poco, sin hacer ruido.
Pero también sentí algo calentito en el pecho, como cuando te acuerdas de algo bonito y triste a la vez.
Ahora duermo con Nube todas las noches.
Porque, aunque ella no esté, hay cosas que todavía saben quedarse.
Irfa tariq (categoria juvenil)