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El refugio de su mirada

Ella había huido de Mauritania, con la mayoría de su familia, dejando atrás con todo el dolor de su corazón a sus padres, demasiado mayores para aventurarse en una travesía tan arriesgada.
Su marido y sus hijos eran su bien más preciado, pues las mafias les habían parasitado todos sus ahorros, producto de años de trabajo y penurias para poder realizar el peligroso periplo; aunque lo único que no podrían arrebatarla jamás era el cariño por los suyos y una firme esperanza en una existencia mejor, lejos de la miseria y de guerras fratricidas.
Bordearon la costa africana, tan exótica a sus ojos como lo había sido para aquellas potencias coloniales que, siglos atrás, habían querido imponer sus costumbres y su lengua a pueblos ancestrales. Aunque jamás pudieron arrancarle su alma imperecedera.
Al principio fue bien, a pesar de que aquella embarcación no era más que una mísera barcaza que zozobraba al igual que los numerosos y atenazados espíritus que la poblaban en demasía, haciendo que navegara al límite de su exiguo poder.
La mayoría eran mujeres y niños, pues los hombres eran minoría en aquella ruta en el mar de la incertidumbre más absoluta; la mayoría de los esposos lo habían intentado antes, aunque muchos se habían quedado en el camino.
Algunas musitaban para sus adentros y los niños más crecidos permanecían mudos, más que de asombro, perturbados por aquel océano infinito que bramaba con voz estentórea.
Solamente los bebés lloraban a la inmensidad, cuyo espejo demacrado era el rostro de sus madres; así era la terrible singladura.
Tras un tiempo que había durado una angustiosa eternidad, cruzaron el Estrecho, rumbo a las costas de España. A lo lejos se veían las luces esperanzadoras de una tierra prometida en la que anclar sus sueños en los cimientos de las ilusiones que se convierten en realidad. Se abrazó a su familia con ánimo renovado, pues pronto estarían a salvo…
Más tarde, cuando despertó de lo que parecía una pesadilla, en un agónico parpadeo recordaba los instantes vividos, como si fuera una película atroz filmada a cámara lenta.
Cuando abría sus ojos le cegaba la hiriente luz de la crudeza más descarnada y, al cerrarlos, recordaba cómo había entrado una vía de agua en la barca, pereciendo la mayoría de sus ocupantes, entre ellos todos los suyos. ¿Qué le quedaba, entonces…?, ¿únicamente un interminable abismo con paredes hechas de cortante y negra locura?
Los pocos supervivientes fueron atendidos, en primera instancia, en una playa cualquiera de una población desconocida por bañistas que estaban ya acostumbrados, por desgracia, a aquellas recurrentes tragedias; poco después, llegó la policía, acompañada de la Cruz Roja para auxiliarles en lo que pudieran.
Una manta cubría sus ajados hombros, vencidos por un peso insoportable; un caldo caliente era aferrado con mansedumbre por sus manos temblorosas y todas sus lágrimas se habían fundido -parecía que hacía milenios-, en lo más profundo de aquel mar traicionero, dándole una apariencia áspera. ¡Ojalá, aunque fuera solamente una de ellas, salvara aquella fosa abisal y rozara los labios y la frente de sus seres queridos, dándoles una lánguida despedida en aquella tumba sin nombre!
Una mujer le preguntó en francés cómo estaba y qué necesitaba, abstrayendo sus sombríos pensamientos por un instante; no la contestó de inmediato, la visión y el alma aún perdidas, pero hubo un momento en que la trayectoria de sus ojos se cruzaron y, aún incipiente, encontró en aquellos dos faros la llama de la comprensión; una capa de dulzura los hacía brillar amistosamente.
Los cimientos eran todavía muy inestables, pero eran el inicio, aún inseguro, de un cobijo para su ser maltrecho y desamparado; aún tardaría mucho en techarlo y hacerlo mínimamente habitable; aunque lo comenzó a construir el refugio de aquella tierna mirada.

Oscar Sánchez García (categoria adults)

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