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La soledad

Miguel abrió la puerta desconchada de la entrada del edificio. Una masa de apartamentos dispuestos como un enjambre de abejas, cubículos enanos en el extrarradio de la ciudad. Arrastró los pies por las desgastadas baldosas. Buscó en el buzón, sólo habían facturas y publicidad. Cogió la propaganda de manera autómata y la tiró en la papelera, que como siempre estaba llena hasta los bordes. Suspiró y miró el reloj. Eran las siete. María le había pedido que llegase pronto del trabajo porque tenía algo importante que decirle. Cuando le decía esas palabras, sabía que le caería una bronca, algo terrible había hecho o había dejado de hacer. Apretó el botón desgastado del ascensor y esperó. Tardaba mucho, demasiado. Alguien habría dejado la puerta abierta. Por las escaleras bajó la vecina del cuarto. Como era habitual, no le saludó. Pensó si era invisible. Comprobó de nuevo el reloj, habían pasado diez minutos, llegaba tarde. Subió las escaleras, cabizbajo. Le faltaba el aliento.

En el rellano, la bombilla empezó a titilar, avisando de que pronto se apagaría. Encontró las llaves en el bolsillo de los desgastados pantalones y abrió la puerta.

—Por fin llegaste —le dijo María sin mirarlo.

Estaba en la cocina, atareada en la cena, olía bien. Mientras freía las patatas, batía con agilidad los huevos. Ocupaba la diminuta cocina con su cuerpo delgado.

—No he podido llegar antes —le contestó pasando de largo.

Miguel colgó la cazadora en el perchero de la habitación, junto al póster de Rocky Balboa, se quitó el reloj y lo dejó en la mesita de noche. Se descalzó las botas camperas colocándolas debajo de la cama y se calzó las zapatillas.

—Tenemos que hablar, Miguel —le rogó María desde la cocina.

—Lo que tu digas.

Salió de la habitación, se sentó en la butaca y encendió la TV. Seguía callado, esperando resignado a lo que Maria tenía que decirle.

—No puede ser, Miguel, cada día lo mismo, te digo que no puedes seguir así y no me haces caso. Estoy harta. Estoy hartísima y parece no importante —le suplicó apoyada en la puerta de la cocina—, ¿tú me quieres?, ¿de verdad?, ¿sabes que día es hoy? —le gritó rompiendo a llorar—. Es horrible, no puedo aguantar más, ¿no vas a decir nada?. ¿No te importo?

Miguel miraba absorto los anuncios de televisión, sabía que la bronca duraría toda la noche, pero Maria calló de repente. Oyó como lloraba mientras echaba los huevos en la sartén. Esa noche cenaron en silencio. Maria recogió los platos y se fue a dormir.

Sentado en el sofá supo que algo iba mal, ¿qué estaba ocurriendo?. En la televisión retransmitían un programa de talentos, le encantaba ver lo que la gente podía hacer e imaginaba como un día subirá en el escenario y todos lo aplaudían, pero ¿haciendo qué?. No se le ocurría nada, mamá siempre decía que era demasiado lento, demasiado tonto y por si faltaba algo, demasiado feo para triunfar en la vida. Era como su padre, un don nadie, sin sangre, ni aspiraciones.

María hacía rato que estaba en la cama, sola y Miguel deseaba abrazar su cuerpo delgado entre sus brazos, susurrarle que era la mujer más sexy del mundo y que él era el hombre más afortunado por estar a su lado pero fue incapaz de moverse. ¿Lo rechazaría? Era mejor mantenerse en su lugar. Mañana todo volvería a la normalidad.

Al día siguiente Miguel se encontraba ante la vieja y desconchada puerta del edificio, arrastró los pies por el pasillo, ojeó el buzón que estaba vacío. Presionó el botón del ascensor que bajó despacio hasta pararse en seco ante él. Abrió la puerta sucia y entró en su interior con la luz mortecina. Apretó el botón y subió con el ruido habitual como si se quejara de tantos años subiendo y bajando. Se paró en su rellano, eran las siete y media, la bombilla seguía resistiendo. Llegó a la puerta, buscó las llaves en los tejanos y abrió.

El silencio del interior le sacudió. ¿Silencio?. Cerró la puerta con cuidado, la cocina, estaba limpia y ordenada. Siguió a la habitación, colgó la cazadora y dejó el reloj en la mesita. Se descalzó y se puso las zapatillas. Entró en el comedor, se sentó en la butaca y encendió el televisor. En la mesita delante suyo había un trozo de papel. Lo desplegó y leyó: ADIÓS.

Miró a su alrededor, se dio cuenta que faltaban libros, no estaban las plantas, sólo un silencio atronador. Todo irá bien, se dijo.

Al día siguiente mientras subía por el ascensor mugriento hacia su diminuto apartamento, una sensación rara le recorrió la espalda. Intentó recordar si María le había dicho algo que debía hacer, olvidaba con frecuencia, lo que para ella era fundamental, pero no se le ocurrió nada. Abrió la puerta metálica del ascensor, con su chirrido habitual. Caminó dubitativo con el corredor en penumbra, la bombilla seguía con su tintineo habitual, aún nadie se había dignado a cambiarla. Buscó las llaves en el bolsillo y sintió un vacío de ruidos, como si no fueran las siete de la tarde de un viernes. Abrió la puerta desgastada y un olor a cerrado le impactó de repente. María debía de estar en casa, pero no escuchó nada, ni la televisión que estaba apagada, ni el extractor de la cocina que siempre estaba encendido ya que habían pocas ventanas y detestaba el olor a comida. Cerró con cuidado, intentando no romper el silencio. El corazón le latía con fuerza. Avanzaba cauteloso. Indagó hacia el dormitorio, las persianas estaban cerradas y la cama hecha. Se fue al comedor mudo, vació de vida, la mesa y las sillas blancas que compraron en el IKEA le parecieron como si fueran de juguete. Las cortinas dejaban entrar la luz, pero el calor era insoportable. Vio el sofá viejo, heredado de su madre, y en él halló un hoja de papel. Se acercó a ella, la cogió y la desdobló con la misma sutileza que los militares desactivan las bombas. En medio, en color carmín, una sola palabra que le disparó directo al corazón: Adiós.

Se desplomó en el sofá, mirando el papel, hipnotizado, intentando entender que había ocurrido, que significado tenía esa palabra. Observó a su alrededor, buscando alguna nota más. Las estanterías estaban vacías de libros, las plantas habían desaparecido y la fotografía de la boda, tirada en el suelo.

¿Se ha ido? ¿Por qué? No recordaba los motivos de sus peleas, no eran importantes. Se fijó en las manos, su anillo de casado después de diez años sin quitárselo había perdido el brillo. Giró la cabeza de un lado a otro y las paredes vacías le parecían un espejo. Nada, no había nada ni nadie.

Encendió la televisión y se quedó sentado mirando el programa de talentos.

Marta Tadeo Gómez (categoria adults)

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