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Un instante llamado siempre

Te levantas un 22 de diciembre con todas las vacaciones estudiantiles aún por delante. Te sientas a desayunar mientras suena de fondo el sorteo de la lotería de Navidad. Ya fantaseas con todos los posibles regalos que te traerán los Reyes Magos.
No entiendes muy bien qué pasa en la televisión, pero te gusta cómo cantan los niños. Repiten números como si fueran canciones secretas y, de vez en cuando, los adultos reaccionan como si hubieran ganado algo invisible. Tu madre sonríe, tu padre se acerca un poco más a la pantalla. Tú solo piensas en paquetes envueltos.
Ese día marcas mentalmente el inicio de algo importante: las luces, el árbol, el pesebre, los dulces… Todo huele distinto, como si el mundo se hubiese puesto de acuerdo para ser más bonito.
Los días pasan entre risas, primos, sobremesas largas y villancicos que terminas aprendiendo sin darte cuenta. Te encanta cuando toda la familia está junta, aunque no sabrías explicar por qué. Es simplemente lo normal. Lo que siempre ha sido.
La noche de Reyes es el punto más álgido.
Dejas los zapatos perfectamente colocados, un vaso de leche, algo de turrón. Te metes en la cama con los ojos muy abiertos, intentando escuchar pasos que nunca oyes.
Al despertar, corres.
Siempre corres.
Y ahí están. Los regalos. La prueba de que la magia existe. Los abres deprisa, sin orden, con una felicidad que te ocupa entero. Crees que eso es la Navidad.
Y durante años, lo es.
Pero el tiempo, sin hacer ruido, empieza a cambiar cosas.
Un diciembre notas que falta una silla en la mesa. Te dicen que el abuelo está “en otro sitio”, pero no entiendes por qué. Ese año, los adultos sonríen menos, aunque lo intentan más.

Otro año, ya no corres al despertar. Caminas rápido, sí, pero ya no es lo mismo. Te sientas en el suelo bajo el árbol, pero antes de abrir los regalos, miras alrededor. Cuentas. Te aseguras de quién está.
Empiezas a darte cuenta de detalles pequeños: las manos de tu padre más arrugadas, el cansancio en los ojos de tu madre después de preparar la cena, los silencios que antes no existían.
Y entonces lo entiendes.
No llega de golpe. No hay un momento exacto. Es algo que se instala poco a poco.
Los regalos siguen ahí, pero ya no son lo importante.
Lo importante es que tu madre sigue riendo en la cocina. Que tu padre sigue guardando el décimo aunque nunca toque. Que las sillas estén ocupadas.

Un 22 de diciembre, ya más mayor, te sientas a desayunar y vuelves a escuchar a los niños cantar números en la televisión. Por un instante, todo te suena igual.
Pero tú ya no eres el mismo.
Sonríes.
Y por primera vez no piensas en lo que vas a recibir.
Piensas en quién está.
Y entiendes, al fin, que la magia nunca estuvo en los regalos.
Estaba en no faltar.
En seguir llegando.
En seguir siendo.

José Morales López (categoria adults)

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