Nadie en el barrio hubiese podido imaginar que aquella obra para hacer un nuevo edificio iba a traer las consecuencias fatales que llegaron en pocos días.
Bueno. El caso es que empezaron a escarbar en la tierra y a sacar camiones con materiales para limpiar el terreno. Y empezó el ruido y el polvo. Y de repente un día el ruido cesó de golpe. Un par de abuelos que cada día iban a controlar la obra vieron como todo paró de repente. Asomaron sus cabezas por encima de la valla pero no veían nada, sólo que los obreros habían entrado en un agujero que se había descubierto al sacar la última palada de la grúa. Debatían si se habría roto una cañería del gas o del agua o si habían encontrado un refugio antiaéreo de la guerra civil como dijo uno del Arxiu Històric, que sabían que había habido uno en el barrio de cuando la guerra.
De pronto salió del agujero una estampida de gente gritando y pisándose unos a otros para salir lo más rápido posible y alejarse bien lejos de allí. Los abuelos se quedaron petrificados y sin respiración cuando vieron aparecer aquello. De aquel agujero asomó una cabeza verdosa con unos enormes ojos color azabache. Tenía un morro alargado del cual sobresalía un pequeño cuerno blanquecino. Este ser en cuestión miraba hacia todos lados. La expresión de su rostro era de incertidumbre, aquel ser no debía de conocer el mundo por el que estaba asomando. Pero a medida que miraba, oía y olfateaba, su expresión fue cambiando a peor y sus facciones se transformaron en agresivas.
Salió de golpe. Era el típico dragón de las historias de fantasía que corren por nuestro mundo. Escamoso y verdoso con una larga cola como la de un lagarto, con una figura estilizada como la de un velociraptor, con unas enormes uñas en cada garra. Por debajo de su nariz, sobresalían dos colmillos feroces y puntiagudos. Lo más espectacular eran sus alas grandes como las alas de un avión.
Gerard y Cristobal reaccionaron y echaron a correr. Enseguida llegaron a la panadería del barrio y casi sin poder recuperar el aliento dijeron que llamaran a la policía, que había salido un monstruo de una obra y que se había ido volando.
Los clientes de la panadería no les creían pero en cuestión de pocos segundos vieron que no era ninguna fantasía ya que el dragón pasó volando por delante de ellos. El olor a azufre y a quemado, los gritos de socorro de la gente por toda Llefià , el que podía se escondía, el que no, corría . Empezaron a oírse sirenas de todo tipo, bomberos, ambulancias, policía, el antirrobo de los coches,….Poco después volaban tres helicópteros de las fuerzas del orden por encima del barrio…
El barrio ardía en llamas. El dragón por instinto se defendía. En cuanto veía movimiento atacaba. Perseguía a los coches y les tiraba grandes llamaradas de fuego.
En todas las historias hay inconscientes. El listo de turno salió de un bar para hacerse el valiente. Quedó hecho un amasijo de huesos después de que el dragón, de una revolada, lo atrapara con sus garras, lo elevara por encima de los bloques más altos y lo dejara caer.
En cuestión de pocas horas el ejército intervino con aviones, helicópteros, drones,… con altavoces pedían a los llefianenses que no salieran de sus casas y que no se asomaran por ventanas y balcones. Se oyeron tiros, explosiones,…y poco a poco se fue haciendo el silencio en el barrio. Lo estaban haciendo huir…y lo persiguieron hasta que fue hacia el mar, apretó el vuelo y desapareció.
Hoy en día aún lo buscan. No saben donde se escondió, ni como estaba, ni si hay más o si volverá a atacar.
Investigaron aquel agujero de la obra. Al parecer todo el barrio estaba asentado en un intrincado laberinto de túneles que aún no saben hasta donde llegan.
Hubo que recomponer el barrio. Las aseguradoras no daban abasto. Hubo muchos coches quemados, fachadas, toldos contenedores, unos cuantos heridos con traumatismos . Sólo murió el chulo del bar.
Cristóbal y Gerard son los héroes accidentales del suceso. Explican miles de aventuras salidas de su imaginación y exageración y la gente los escucha embelesados, sobre todo los niños. Estos últimos crean sus propias historias en su mente en las cuales ellos son los héroes que salvan a Llefiá, como hizo Sant Jordi con el dragón..
Pilar Fernández