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Una voz del pasado

Si las piedras hablaran ¿Cuántas historias contarían?
Dicen que la realidad supera la ficción. Igual sucede con nuestro pasado más ancestral, que también lo percibimos como ficción. Y es de ficción y de ancestros de lo que os quiero hablar en este texto.
Todo empezó con una mujer que apareció en mi vida hace un par de años. Detecté su presencia una mañana, mirando por la ventana. Estaba sentada en un banco situado al lado de la parada de autobús que hay frente a mi casa.
Así continuó varios días, sin moverse de allí durante horas. Parecía esperar a alguien. Llevado por la curiosidad decidí acercarme a ella y observarla con disimulo: su aspecto era sereno; su rostro, de facciones delicadas y con unos ojos que invitaban a bucear en ellos. Le pregunté a quién esperaba.
—Te estoy esperando a ti —me dijo con voz dulce.
Su respuesta me sorprendió.
—¡A mí! —respondí con asombro, ya que era la primera vez que la veía.
—Sí, hace mucho tiempo que estoy aquí. Quiero contarte una historia que te concierne, pues formas parte de ella.
Me senté a su lado en el banco, como hipnotizado y dispuesto escucharla. Despedía una energía que me atraía e iba invadiendo todo mi cuerpo con una sensación de felicidad extraña y desconocida. Tomó mis manos entre las suyas y comenzó a hablar:
Esta ciudad donde vives es donde siempre has estado. Tú eras hijo de Lucio y yo de María. Crecimos juntos y jugábamos en estas calles hasta que te fuiste con las legiones romanas a conquistar lejanas tierras; años más tarde volviste y compartimos una vida plena. Han pasado dos mil años y seguimos estando en el mismo lugar, a pesar de habitar en otros cuerpos. Somos energía que no se destruye, se transforma de ser en ser. Y las piedras y la arena con las que nosotros jugábamos permanecen intactas, tres metros por debajo de las que pisamos ahora.
Mientras escuchaba, mi mente me mostraba las imágenes que ella describía. Fue impresionante cómo reviví con ella todos los recuerdos: yo, con ropa de legionario; ella, con una sencilla túnica. Escondiéndonos para vivir nuestros primeros besos…
Cuando terminó me dijo que su tiempo se agotaba, pero que no me preocupara, pues nuestras energías se unirían de nuevo.
En ese momento me invadió una tristeza y una sensación de vacío que me hizo despertar como de un sueño, pero conservando en mi interior toda la energía que había recibido en él.
Pensé que quizás esa extraña sensación fuera algo premonitorio. Era tan fuerte que decidí permanecer alerta ante cualquier cambio que se produjera en mi vida hasta encontrar ese amor que me esperaba.
Tuvieron que pasar dos largos meses con la rutina de siempre: mis clases, el gimnasio, mi trabajo de camarero en la cafetería… Hasta que de pronto apareció una muchacha, me pidió un café y nuestras miradas se cruzaron. Me quedé embobado mirándola. Tenía los ojos de la mujer de mi sueño, su voz dulce y melodiosa. Podía notar su energía aún sin tocarla.
—Perdona, ¿Nos conocemos? —Preguntó
Y yo le dije que era probable, que en media hora acabaría mi turno.
—¿Te apetece que vayamos a dar un paseo y hablemos? —Concluí.
—Sí, es una buena idea —me dijo sonriendo.
Y desde entonces no hemos dejado de vernos ningún día.
Recuerdo otra vez que tiempo atrás me preguntaba, si las piedras hablaran ¿Cuántas cosas nos dirían? Tal vez: que el amor es intemporal y que, a buen seguro, ya habremos coincidido en otras épocas.

Teresa Martínez Chicote (categoria adults)

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